Conversando en diferido

Esta semana, en La Biblioteca Imaginaria, tenemos el placer de ofreceros la que puede que sea la entrevista más original publicada en esta web hasta la fecha. Se trata de la entrevista que nos ha concedido recientemente Lorenzo Luengo, quien con su obra Amerika (como siempre, la reseña la encontraréis tras este artículo), una novela tan singular como sorprendente que hará las delicias de los amantes de la buena ciencia ficción, resultó ganador de el XIV Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla.
Sin nada más que añadir,aquí os dejo con la entrevista. Disfrutadla:
¿Cuándo comenzaste a escribir?
Mis primeros recuerdos como pequeño gladiador de plumín y tintero tienen como compañía inseparable los oníricos colores del verano indio: sanguíneos ocres, oxidados pardos y el inevitable amarillo verdoso de los árboles que encorvaban sus ramas sobre el arroyo de nuestra antigua casa familiar, en el este de Lenapehoking. Mi madre escuchaba conciertos de Liszt y Rachmaninoff en un baqueteado gramófono, recuerdo de nuestro pasado alemán, que presidía con su vigilancia de cíclope el salón principal (primera puerta a la izquierda), mientras mi padre aprovechaba las madrugadas para explorar, paseando de arriba abajo con unos prismáticos y una linterna los más de doscientos acres de terreno arbolado, los vastos cielos sin nubes en busca de platillos volantes. Mi hermano, por su parte, desarrollaba pequeños rotores electromagnéticos basándose en unos diseños de Faraday que había descubierto en uno de los viejos libros de la biblioteca. Cuando yo tenía siete años, y tras muchos fracasos en forma de intermitentes señales luminosas que resultaron ser cualquier cosa excepto indicios de vida extraterrestre, mi padre divisó finalmente una especie de zepelín, con hechuras de carabela, sobrevolando la casa familiar al otro lado del río y entre los árboles. Ese mismo día, mi madre reconoció una colorida solución semántica en una célebre pieza de Liszt (Fantasía y fuga sobre el nombre de Bach), mi hermano construyó su primer hidroavión de juguete, y poco después las hojas de los árboles, que me habían hecho descubrir mis primeros síntomas de sinestesia, aparecían teñidas de un desagradable color marrón, sostenidas por unas ramas que eran pura ceniza. Cuando me acerqué a comprobar qué había sucedido con mis queridos colores indios, cuya alegre sinfonía preludiaba la llegada del otoño, me sorprendió un ruido a hojarasca removida procedente de las zarzas del río y, al volverme hacia allí, distinguí la figura afiligranada y hundida de hombros de una criatura con cuerpo de hombre y facciones de lagarto que me observaba oculta entre el ramaje. Esa misma noche escribí en un rapto de hipersensibilidad nerviosa el que probablemente sea mi primer intento literario, un relato titulado El fauno de las estrellas.

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¿Te imaginas tu vida sin la literatura? ¿Y sin el cine?
No sólo la imagino, sino que, desempañando el cristal que separa mi existencia de sus múltiples posibilidades al otro lado del espejo, soy capaz de verme a mí mismo como un anciano que ha llegado al final de sus días en un estado de perfecta paz interior, ingresando con una sonrisa en los labios y una irónica reverencia en su último lecho, que no será el típico camastrón mortuorio de los relatos románticos sino una especie de catafalco instalado en el museo principal de una ancestral y respetable universidad norteamericana, en cuya urna acristalada se leerá el siguiente aviso: “Aquí yace el hombre que consagró su vida a cartografiar a las 25.550 mujeres más hermosas del planeta Tierra.” Nada de literatura, nada de cine, nada de nada: sólo montes de Venus, valles entre dos colinas de todos los tamaños manejables por la mano, húmedas cavernas, y el deslumbrado escoliasta temblando sobre ellos con sus varas de medición, sus viejos tinteros y sus cuadernos cuadriculados, explicando con cifras y versales, con círculos y símbolos, las únicas geografías que merece la pena explorar, ya sea en este mundo o en otros.
¿Cómo surgió la idea de escribir Amerika?
Veamos: si echo la vista atrás, alcanzo a distinguir a un hombre cinco años más joven de lo que yo soy ahora, deshecho de amor, estrangulando con sus propias manos el cuello de un violín francés. De manera totalmente inesperada, sus agónicos acordes le hacen recordar la triste historia de amor que ha vivido con una jovencita ridícula y presuntuosa de la que se enamoró el primer día que la vio, cuando él tenía catorce años y ella siete, y poco a poco va descubriendo todo lo demás: su viejo hogar en Lenapehoking, las trampas de la belleza, los encuadres desenfocados de la realidad… Sabe que su historia, que como toda auténtica historia de amor no podía dejar de tener un final infeliz, es en realidad una novela de caballería, de modo que esa misma noche vende su alma al diablo (pues, como todo el mundo sabe, el diablo sólo puede ser invocado tocando una determinada melodía en un violín francés estrangulado por un hombre total e irreversiblemente enamorado) para ser capaz de reproducir el único Quijote posible de nuestra época.
¿Qué ha supuesto para ti ganar el premio Ateneo Joven de Sevilla?
Un sueño.

 

 

 
¿Te imaginas pasar una noche en la mansión de Rilke?
En realidad, no sólo he pasado una, sino exactamente 1.876, que es el tiempo que he tardado en abandonar la mansión para contemplar su recuerdo desde las secuelas de tan larga estancia. Es curioso que la cifra de días coincida con el centenario de la fundación de América y con el año en que se fundó el pequeño pueblecito de Amerika en Penig (Alemania), pero las casualidades sólo sorprenden a quienes creen que la vida es un lugar previsible, así que no me sorprendo.
¿Te sientes identificado con alguno de los personajes?
No, pero he descubierto que uno de los personajes se siente identificado conmigo. De noche le escucho aullar al otro lado de las ventanas, arañando quedamente los cristales, llamándome por un nombre que ya no reconozco como mío. Por suerte, dispongo de un fiel ejército de ositos de peluche que abortan todos mis intentos de abrir la ventana.
¿Crees que el escritor protagonista volverá a escribir?
De momento, sigue aullando.
¿Y podrán ser felices alguna vez los descendientes del diablo?
Si ser feliz fuera una aspiración valiosa, diría que no. De modo que sí lo son, y mucho, porque la verdadera inteligencia ama más profundamente lo que no vale para nada, y la verdadera inteligencia es siempre diabólica.

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¿Te gustaría que tu novela se llevara al cine?
No. Preferiría que se convirtiera en una ópera, incluso en un musical. Ninguna versión cinematográfica de “Los Miserables” me ha producido el grado de éxtasis y excitación nerviosa que su encarnación musical, admirablemente concebida por Boublil y Schönberg, así que el hecho de ver a Leonardo Rilke desafiando en un dueto a su desdichado guionista o a Paula Steele contrapuntando a June Caprice, cada una enrocada en un hemisferio de la realidad, bastaría para convertirme durante tres horas y media en el hombre más feliz del mundo, y por tanto en el más inútil sobre la faz de la tierra.
¿Qué esperas que encuentren los lectores en esta novela?
A veces, cuando alguna tormenta atrae hasta la puerta de mi casa a los gatos de las proximidades, imagino la figura inevitablemente encorvada y embozada de algún náufrago de la madrugada recorriendo bajo el azote de la lluvia las calles desiertas, eludiendo el abrazo húmedo de los faros halógenos que uno o dos coches atolondrados arrojarán sobre él, subiendo con esfuerzo las avenidas rampantes que desaguarán en un inesperado parque con pérgolas y rododendros, y por último adentrándose en un ciclópeo edificio y remontando unos peldaños mojados por las huellas de los seres que viven tras las puertas, hasta alcanzar la que está situada en el último confín de la casa. Le imagino allí, temblando de pies a cabeza, goteando sobre el felpudo como si se estuviera destintando, y tras un momento de extática sorpresa le hago pasar, le preparo un café, le despojo de su abrigo y le envuelvo los hombros en una cálida manta. Y entonces mi inesperado amigo de la madrugada, recuperando el calor, extrae de sus bolsillos todo cuanto lleva en ellos para compartir sus asombrosos hallazgos conmigo: una cabellera rubia sabiamente arrancada por una manita india, un pequeño tomahawk, una canción de George Gershwin y Al Jonson, una réplica de un corazón humano y su palpitante original… Y viendo esos objetos desperdigados sobre la mesa ambos lloramos de felicidad, y cae la lluvia al otro lado de las ventanas, y las prodigiosas líneas de la noche creciente permanecen enmarcadas entre dos paréntesis proyectados hacia el infinito, y al menos allí, a ras del cielo y mecidos por la tormenta, el mundo parece bien hecho.
¿Tienes ya nuevos proyectos?
Siempre tengo a mano mi varita de zahorí, pero mientras aguardo a sentir su temblor de animalito doméstico escucho las noticias del hombre del tiempo: vientos convergentes con movimiento oeste, canales troposféricos superiores, líneas de convección activa… Buenas noticias para los amantes de los ciclones polares.
Muchas gracias, Lorenzo (¿o debería llamarte Walter Coley?) por tu colaboración. Esperamos que mucha gente se adentre en el maravilloso mundo de Amerika.
A vosotros, amigos, como siempre, os agradezco el estar ahí y os espero en la siguiente.