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Título: Juego de Tronos - Secretos del Trono de Hierro
Autor: Carlos Ripoll
Editorial: Dolmen
Págs: 298
Precio: 18 €
Que un libro sea un éxito de ventas es todo un aliciente para su lectura, pero si encima la tirada se termina en menos de una semana es toda una premonición de que es bueno. Es el caso del ensayo sobre la saga de George R. R. Martin, “Juego de Tronos – Secretos del Trono de Hierro”, que nos trae la editorial Dolmen.
No puedo más que empezar ensalzando la calidad del material con la que está hecho. Nada de páginas de celulosa de mala calidad, sino con un gramaje único y un tacto del que no quieres desprenderte. Su autor, Carlos Ripoll, nos hace un recorrido por los tres primeros volúmenes de Canción de Hielo y Fuego con datos curiosos y desgarrando líneas para descubrirnos qué hay detrás de esta saga, de su autor y de su adaptación a la pantalla.
El libro está lleno de bocetos, imágenes y fotografías. Nos cuenta la infancia de George R. R. Martin quién cultivó una gran imaginación al carecer de compañía para sus juegos más que su hermana Darleen. Datos sobre los libros que le gustaban de niño y su lectura de adolescente. Nos repasa al dedillo los siete reinos, con sus escudos y su geografía, así como sus lemas, sus miembros y todos los detalles que un fan de la saga pueda desear juntar.
A destacar el capitulo que habla de las localizaciones y de los personajes de la serie, con todo un cúmulo de datos sobre rodajes y filmografías de los actores, con un recorrido majestuoso capítulo tras capítulo y los secretos que pueden traer las próximas temporadas. Y el apartado cronológico, además de merchandising, juego de rol, cartas, cómics y un largo etc...
Vamos, que es todo un lujo tenerlo en casa y disfrutarlo. Una guía que te acompaña para completar la saga de Martin, una de las mejores obras de la literatura a las que el género se refiere. Para los fans de Canción de Hielo y Fuego, imprescindible. Para los que solo siguen la serie televisiva, imperdonable quedarse sin él. Soberbio.
Aída Albiar García

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Título: Huye
Autor: Lisa McMann
Traducción: Nuria Jiménez Rioja y Alberto Jiménez Rioja
Editorial: Everest
Págs: 224
Precio: 14,21 €
Huye es la tercera entrega de la trilogía de la Cazadora de Sueños. Los títulos anteriores son Sueña y Teme, consecutivamente. Puedes encontrar las reseñas de ambos libros también en La Biblioteca Imaginaria.
Janie tiene que enfrentarse a una nueva vida por varias razones: en primer lugar, tras la brillante resolución del caso del instituto Fieldridge sale a la luz una parte de su secreto, toda la ciudad sabe cómo participó en la investigación; y, por otro lado, tiene que tomar la decisión más importante de su vida, la más dura, la que determinará definitivamente cómo será su vida. Tras leer el contenido del “Cuaderno Verde” Janie cae en el abismo, el miedo no la deja vivir, sufre crisis de angustia y por si esto fuera poco aparece en su vida una persona inesperada cuya vida Janie no imagina que pueda ser tan similar a la suya. Mientras tanto Cabel sigue siendo la persona en la que Janie se apoya, la que le hace más fácil la vida, su amor y por la cual tomará una decisión u otra cuando llegue el momento, aunque las opciones entre las que tiene que elegir quizás no son tan distintas entre ellas como la cazadora de sueños cree…
En este nuevo libro toma más protagonismo la propia Janie y su familia, en concreto su madre de la que apenas sabíamos nada.
Decir que la trilogía está dirigida a un público adolescente, aunque no por ello quiere decir que no vaya a gustar a un público no “tan” adolescente, yo misma soy de ese público no tan adolescente…
Al igual que en las dos anteriores entregas, destaca la rapidez con la que transcurre la historia, la facilidad con la que se lee, el grado de absorción que ejerce sobre el lector. Muy entretenida, un final de la trilogía que no decepcionará.
Patricia Bafalluy

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Título: La mujer zurda
Autor: Peter Handke
Traductor: Eustaquio Barjau
Editorial: Alianza
Págs: 120
Precio: 8€
De joven, Peter Handke escribió teatro experimental (como “provocadora” es calificada su Insulto al público). También ha escrito poesía, pero si lo conocemos puede que se deba principalmente a sus obras narrativas. En su faceta de guionista, cabe mencionar sus colaboraciones con Wim Wenders, que llevó al cine el año 72 la opera prima de Handke, El miedo del portero al penalty, una también muy breve novela en la que asistimos a la existencia errática del protagonista por una ciudad en un ambiente de aislamiento y un entorno a menudo hostil. La incomunicación y la soledad acaban arrastrándolo al crimen. La mujer zurda, publicada pocos años después, también está adaptada al celuloide (de ello se encargó el propio Handke), y puede que sea una de sus obras más apreciadas.
En la novela conocemos la historia de Marianne, la mujer del título, a la que con frecuencia no se menciona por su nombre sino, simplemente, como “la mujer”, y su marido, que acaba de regresar del extranjero tras un viaje de trabajo. El reencuentro se celebra con una cena. Todo parece marchar con normalidad, pero poco después ella le pide a su marido que se marche, que la deje sola, idea que ha recibido, dice Marianne, como una “iluminación”. La soledad es uno de los temas de la novela, como observamos en este fragmento: “la soledad es causa del más gélido, del más repugnante de los sufrimientos: el de la inesencialidad. Después uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado”. Soledad elegida por Marianne, que transmite cierta abulia, la apatía del hombre posmoderno de la que hablaba Gilles Lipovetsky en La era del vacío.
La mujer zurda es ante todo un libro intimista, sobrio, introspectivo, que emana una delicadeza reposada y llega a conmover. Desde el principio se nos narran algunos detalles tiernos, escenas familiares que desprenden autenticidad. Tristeza, sería otra de las palabras con las que se podría calificar el libro. Al leer La mujer zurda uno piensa en esas películas propias del cine independiente en las que parece no ocurrir nada realmente significativo, películas llenas de silencios que transmiten al espectador sensaciones que acaban calando. Novela interesante, como bonita es la edición de bolsillo de Alianza.
Jesús Artacho Reyes

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Título: Diario de invierno
Autor: Paul Auster
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Editorial: Anagrama
Págs: 248
Precio: 18,90 € / 14,99 (ebook)
Hay novelistas que se dedican a contarnos su vida en cada nuevo título que publican. Otros lo hacen de golpe. Hay otros incluso (bastante más considerados), que lo hacen por etapas y además tienen la elegancia de separar en la reseña bibliográfica de su obra lo que es ficción de lo que propiamente son “batallitas”. Paul Auster pertenece a esta última clase de autores (La invención de la soledad, A salto de mata...), lo que el lector de Diario de invierno agradece mucho. Desde el primer momento sabemos qué clase de libro tenemos entre manos y desde qué perspectiva nos acercamos a él. Aclaradas las condiciones del acuerdo, el pacto lector/autor que siempre ha de establecerse en un principio para otorgar a la narración los requisitos de verosimilitud necesarios, nos encontraremos en condiciones de disfrutar con estas memorias de un hombre que ha vivido y que a los 64 años de edad declara oficialmente haber entrado en el invierno de su existencia.
Lo que más me ha llamado la atención de Diario de invierno es que la novela (autobiografía de los últimos diez años de Auster), a pesar de estar escrita por un autor norteamericano no resulta un compendio obsesivo sobre sexo: el que ha tenido, el que no tuvo, el que quiso tener, el que detestó tener... Ni siquiera hay una referencia demasiado detallada a los consabidos fracasos sentimentales, recurrentes en cualquier allegado del gremio: divorcios, infidelidades, abandonos, etc. Auster se presenta en este sentido como una persona bastante normal, con sus más y sus menos en los años de mocedad (como todo el mundo, vaya), y con la envidiable estabilidad emocional que confieren treinta años de matrimonio (todo un record), con una mujer encantadora, comprensiva y desde luego muy atractiva. Motivos por los que sigue enamorado de ella.
Lo demás en Diario de invierno y en la vida de Auster no es normal. Es divertido, en el sentido en que Cortázar hablaba de ello: “Lo divertido no es lo contrario a lo serio, sino a lo aburrido”; como divertida es, perfecta, mayúscula y demoledora la historia del gran amor de juventud, aquella adolescente bellísima e inalcanzable que tuvo torturado al autor durante años y años. Finalmente, ya casi metido en la treintena, consiguió los favores de la maravillosa dama. Pensó Auster (de ilusión también se vive), que era el inicio de una arrasadora pasión: el gran amor de su vida. Mas hete aquí que a los pocos días de haber yacido con la señorita, nuestro candoroso novelista padeció los rigores extremos de una gonorrea espantosa y, para colmo, unas ágiles ladillas, muy carnívoras y muy voraces. La gran decepción marca su ley y el lector ríe como ríe Auster. La idealizada mujer, la sombra de su deseo, aquella cuya mirada buscaba ansioso en los ojos de todas las hembras que conoció durante años, resultó ser una golfilla promiscua y bastante guarra. Estas cosas, a veces, les suceden a los escritores. A los poetas, casi siempre.
Otro elemento que recorre la novela y que la hace amenísima: la pequeña venganza (no mezquina, pero un poco aviesa), de comprobar lo que uno siempre ha sospechado: Auster es un neurótico de marca mayor. Como dirían en mi barrio: “un maniático con carnet”. A partir de la muerte de su madre, ocurrida cuando Auster había entrado en la cincuentena, la vida del novelista se convierte en un gólgota de crisis de ansiedad, ataques de pánico, accidentes domésticos, desastres automovilísticos, depresiones, períodos estuporosos... Por fortuna, la neurosis hipocondríaca de Auster es productiva. No se comporta como el típico depresivo coñazo sino como una persona lúcida, muy capaz de convertir su experiencia oscura en brillante narración de cómo puede un ser humano trasladarse frenético del abatimiento a la euforia, de la ira a la culpa, del whisky a la resaca, sin convertirse en alguien insoportable para él mismo y para los demás. Al final, redimido por el amor de su esposa y los sólidos vínculos sentimentales de su familia (ya dije que era un tipo bastante normal), encontramos la liberadora aceptación. “He entrado en el invierno de mi vida”, culmina la novela. Y no hay más tragedia. Hay literatura, conocimiento y emoción. Todos los ingredientes obligatorios para un buen libro. Magnífico ejemplo de memorias sin engolamiento ni presuntuosidad. Un hombre normal nos habla de su neurótica normalidad con una prosa espléndida. ¡Y apenas hay sexo! ¿Qué más puede pedirse?
José Vicente Pascual

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Título: Daisuke
Autor: Natsume Soseki
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Editorial: Impedimenta
Págs: 344
Precio: 22,50 €
¿No sería maravilloso pasarse el día contemplando las musarañas, leyendo, acudiendo a actos, etc, como hacen los niños y niñas de papá? Claro, que tal vez tu familia te pediría algo a cambio: buscar un trabajo (por modesto que este fuera) para no verte siempre hacer el vago, acabar tus estudios, o incluso verte en el altar con la persona “indicada”. ¿Acabarías cediendo por mantener tu nivel de vida? Espera, no contestes todavía. Hazlo después de que yo te cuente un poco acerca de Daisuke, la novela de Natsume Soseki que trata estos y otros temas interesantes.
Daisuke tiene treinta años, un par de sirvientes y mucho tiempo libre. Desde que acabara sus estudios universitarios no se he molestado lo más mínimo en buscar un empleo. No podría ser de otra manera, ya que Daisuke se siente al margen de la sociedad. Sin embargo, no tiene ningún inconveniente a la hora de aceptar la asignación que su paciente padre le entrega mensualmente. Tampoco cuando se trata de acompañar a algunos actos a su cuñada. Lo de escuchar las ofertas de matrimonio que su familia le busca, es ya otro cantar. Ninguna candidata le agrada lo suficiente como para casarse con ella. ¿Será porque en realidad Daisuke, casi sin saberlo, está enamorado de una mujer con la que precisamente no podría casarse?
Es difícil escribir una reseña cuando se tienen tantas cosas que decir sobre el libro a comentar. Es algo que siempre me pasa con las obras de Natsume Soseki, un genio de la literatura japonesa del siglo XX, un autor casi imprescindible para todos los amantes de las buenas letras.
Hay que comenzar de alguna forma, y lo haré diciendo que Daisuke no es sólo el título de esta obra, sino también el nombre del protagonista indiscutible de esta novela que comienza con ritmo pausado (durante muchas páginas el autor parece esforzarse solo en darnos a conocer a su protagonista, sin que parezca pasar nada de importancia a su alrededor) para terminar de forma sin duda emocionante (por no decir sublime, a mi parecer).
Daisuke es a simple vista un vago, un hijo de papá que vive cómodamente a sus treinta años sin preocuparse por ningún aspecto de su futuro. Pero Daisuke no es un vago cualquiera. Daisuke es un vago culto e inteligente, un tipo complejo que ni cree en el matrimonio ni en la sociedad en la que vive. Y, sin embargo, aunque lo niegue, Daisuke vive en sociedad. De ella coge lo bueno y rechaza lo que le resulta incómodo. ¿Es cinismo? ¿Ingenuidad? ¿Idealismo tal vez? Difícil de decir, más aún conforme se desarrolla la trama. Una trama que pone a nuestro protagonista en un duro problema: el de amar o no a la mujer de su mejor amigo. Y hasta ahí puedo leer con respecto al tema central de la obra.
Las novelas de Soseki tienen la cualidad de resultar en cierta forma atemporales, a pesar de haber sido escritas hace cien años o más. Daisuke no podría ser diferente, en este sentido. Lo entenderéis en cuanto descubráis que en aquella época la sociedad, como en nuestros días, oprime a veces al individuo con sus imposiciones, y que el trabajo, al igual que en este año 2012, es un bien escaso que para muchos constituye el centro mismo de sus preocupaciones. Por no hablar de lo fácil, por mucho que ellos se quejen, que lo siguen teniendo los hijos de padres acomodados, ¿no crees?
Daisuke, diré finalmente, es una novela rica en matices y de personajes complejos perfectamente perfilados por la mano maestra de Soseki. La historia que aquí se nos narra no solo nos entretiene, sino que además invita a pensar sobre nuestro papel en la sociedad, las relaciones entre los seres humanos y la existencia del individuo, en general. La lectura, finalmente, te dejará finalmente un regusto agridulce en los labios. Porque Soseki no sólo nos muestra la parte irónica y más divertida de las cosas (como hace muchas veces, para deleite de sus asiduos lectores) sino también la más real (de ahí su grandeza). Y la realidad, como ya sabemos, no siempre es dulce, ¿verdad? Pero, ¿a qué esperas para comprobarlo por ti mismo?
No tener que trabajar para vivir puede ser estupendo, aunque algunos no lo vean así. Y es que todo el mundo tiene sus problemas, incluso los que no tienen que preocuparse de trabajar para vivir. Descubre esto y mucho más leyendo Daisuke, una novela que no te dejará indiferente.
Cristina Monteoliva

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Título: Balances parciales
Autor: Felipe Zapico Alonso
Ilustraciones: Javier Zabala
Editorial: Eolas Ediciones
Págs: 141
Precio: 15 €
Cuánta pasión hay en el libro Balances parciales de Felipe Zapico Alonso (1960). No lo digo sólo por los textos sino también por las magníficas y coloridas ilustraciones de Javier Zabala. Es un libro muy bello, con mucha sensualidad. Pero es que los poemas de Felipe Zapico son poemas que desbordan, son poemas donde el autor parece derramarse en intensidad. Sus amores son apasionados, sus juicios lúcidos, sus pensamientos certeros, sus palabras tan tiernas como crudas en ocasiones. Es un libro lleno de pasiones, la mayoría básicamente amorosas, pero también hay de otro tipo.
Felipe Zapico es un excelente observador de la realidad cotidiana que poetiza. Los mínimos gestos, los detalles más comunes pueden convertirse en hecho susceptible de convertirse en poema: “Guerra de largas/en la carretera/larga, corta/posición” (p.21) o también en: “y esas comidas rápidas/para una muerte lenta” (p.67). Eso no significa en absoluto que el autor olvide un cierto lirismo: “Los ataúdes enfieltrados/en una noche clara/ desconfían de labios trémulos/y lenguas huidizas” (p23).
Puede uno pasar página a página y encontrar la presencia de un tercero entre el autor y el lector. Ese tercero al que se dedican versos y versos: “allí donde los ojos/anidan/extraviados/ ahogándose impertérritos/ solos/ y mudos/ inmensamente mudos” (p. 56).
Hay un hilo amoroso cotidiano a través del cual las realidades se convierten en certezas, un invisible hilo que el autor entreteje para que sus poemas constituyan un todo sobre lo habitual, tan cotidiano como un gesto o un beso. Incluso el exabrupto tiene sentido en esta poética de la realidad de cada día, de la verdad universal, de los hechos de andar por casa: “Hostia pura/hostia santa/ haz que me quiera Julia”. Probablemente es por ese motivo por el que Balances parciales es un libro fácil de leer incluso para los que hace tiempo que dejaron de leer poesía tras acabar el bachillerato.
Quién mejor que el autor para definir su mundo: un “caos controlado” (p.61).
Los poemas se suceden sin título aunque hay partes en el libro. Uno de los que más me ha gustado y altamente representativo es este (p.63):
Susurra el saxo
y la tiza numera al detenido
cuando sus labios,
huídos de la boca,
persiguen –impotentes-,
aleteos que destellan.
y un clamor
grosero
anuncia
la continuidad
el vacio constante
el ansia inconmensurable
y permanente.
No huye el autor de algún que otro recurso estilístico aunque no es su poesía una poesía que se caracterice por el abigarramiento retórico, pues quizá el lenguaje de la cotidianidad no requiere de retorcimiento estilístico: “Y quiero a dos mujeres, /tanto, /que ya no las necesito” (p.71). Aquí usando la paradoja como también un poco después: “que mientes verdades nocturnas” (p.73). O los juegos de palabras: “y tus ojos/ me terminan/pero no me acaban” (p.74).
También uno encuentra partes de mujer derramadas en muchos versos, instrumentos musicales que son recurrentes, como el saxo, quién sabe si porque una de sus otras querencias es la música. También hay alusiones a los recuerdos y a la niñez a través de su cuentos: “tres o cuatro arrebatos/y el Gato con Botas” (p.107).
En ese estudio de lo cotidiano Felipe Zapico se atreve a utilizar palabras tan poco poéticas como: tos, moco, miopía (p. 117), picor de huevos, pelotillas, zorra de mi novia (p.118), cúter, taladro, lijadora, culo (p.131). Todo forma parte de la misma realidad poetizable. Todas la palabras. En ese sentido y como parte del todo me quedo con algo de acidez final para un poemario muy dulce: “renunciando por ello a la presidencia del /círculo católico de mi ciudad” (p.123).
Felipe Zapico, Balances parciales: genio y figura.
Luis Vea

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Título: El osito Cochambre
Autor: Ignacio Cid Hermoso
Editorial: 23 Escalones
Págs: 204
Precio: 15,95 €
Reseñar una novela de este tipo no es nada fácil, ya que me dejaré en el tintero muchas cosas que deberían ser tratadas en un estudio más detallado. Cabe decir que El osito Cochambre ha sido uno de los libros más esperados de este año —o eso es lo que creo— no sólo por su autor, sino por las expectativas que despertaba la novela, tanto a nivel argumental como técnico. Además, el título abría también las puertas a numerosas especulaciones sobre la novela.
Esta reseña va a ser también un tanto distinta de las otras. En primer lugar, porque no voy a hacer un resumen, querido lector. Me es muy difícil realizarlo sin meterme de lleno en la historia, y eso es algo que usted nunca me perdonaría. Simplemente, mencionar que ustedes se van a encontrar una historia de amor inusual, pero también una historia de sexo, de pasión desenfrenada, una historia sobre la redención humana, ¿por qué no?.
Está bien, os ofrecerá al menos una breve sinopsis: Mauro, un profesor viudo y solitario, se reencuentra tras muchos años con una persona que fue muy especial para él. Este encuentro será, al mismo tiempo, positivo y negativo para él, pues removerá en su conciencia oscuros secretos del pasado. Al mismo tiempo, regresa su hermano Cristian, drogadicto, el cual siempre le mete en líos. Mauro tratará de solucionar sus nuevos problemas de la mejor forma posible pero, en ocasiones, el único modo de escapar de los fantasmas del pasado es enfrentándose a ellos...
En segundo lugar, me voy a centrar en los dos motivos temáticos que —a mi parecer— recorren la novela y alrededor de los cuales se articula todo. (Estos dos motivos ya los hallé presentes en otras obras de Ignacio Cid, y lo cierto es que a mí me encanta estudiar estos casos en los que una temática se repite, porque me parece muy curioso):
El primer motivo es el poder destructor del sexo. Y no puedo evitar pensar en la teoría freudiana de la pulsión de muerte contrapuesta a la de Eros, preservadora de vida. No sé muy bien cuánto hay de cada en la obra de Ignacio Cid, y creo que sería mejor ir analizándolo a medida que publique otras obras (si es que en ellas aparece esto, claro está). Pero en este caso, a diferencia de la teoría de Freud, los personajes parecen abocados a un trágico destino enraizado en ese Eros. Aun así, no todo es destrucción y autodestrucción en la novela, pues también cabe espacio para la ternura (pero no quiero decir más).
Y el segundo motivo —precioso y verdaderamente interesante, con una larga tradición literaria— es la escritura y su proceso como salvación. Creo que se puede ver claramente en la novela. La realidad es cruda, el mundo incoherente. Así, Ignacio Cid (a la manera de Onetti) construye un espacio de ficción en el que sus personajes intentan ser otros, cambiar de piel, cambiar de vida. Parece ser que la única forma de salvarse y de encontrar una salida a esa terrible realidad es encontrar un hueco en las palabras, convertirlas en un lugar cálido y seguro.
En cuanto a la estructura, se puede dividir en tres partes claramente diferenciadas (aunque, por supuesto, relacionadas): en un primer momento el narrador, el protagonista Mauro, es en primera persona, el cual recuerda su infancia pero desde una perspectiva adulta. Esto tan solo dura un capítulo —el primero— que evidentemente sirve de preámbulo a la historia en sí. A continuación, el narrador pasa a una tercera persona, y en ocasiones Ignacio Cid utiliza con maestría el estilo indirecto libre, el cual es bastante difícil de adecuar sin que parezca demasiado artificioso. Por otra parte, entremezclado con este narrador encontramos unos fragmentos que podríamos clasificar de surrealistas, con una prosa poemática llena de imágenes modernas, inusuales y muy inquietantes: es cuando conocemos al osito Cochambre.
Pasando a los personajes, hay claramente dos que destacan pero por su similitud: Mauro y Elisa. Los clasifico en esos personajes que, como he dicho más arriba, intentan ser otros. Elisa lo intenta enamorándose de Mauro y éste, ¿enamorándose? de Elisa. La relación que entre ellos ha creado Ignacio Cid es una de las más poderosas y polémicas que yo haya encontrado en las últimas novelas que he leído. Otro personaje con fuerza es el de Patricia, la esposa de Mauro, que ocupa un puesto de honor en la trama de la novela aunque no aparezca tanto como los otros dos. Y, por último, el del osito Cochambre, aportando un toque siniestro a la narración. Hay más personajes, como la ex pareja de Elisa y el hermano de Mauro, a los cuales sitúo en ese mundo exterior (si se permite llamarlo así) sucio y corrupto.
Ignacio Cid ha conseguido satisfacer las expectativas de sus lectores con una novela que muchos han clasificado —también el propio autor— de thriller emocional. A mí no me gusta poner etiquetas a las cosas aunque pueda facilitar el trabajo a la crítica literaria, y mucho menos quiero ponerle una etiqueta a una novela que creo que es mucho más que un thriller emocional, aunque es bien cierto que hay mucha emoción en El osito Cochambre y, aunque me arriesgo a esto, también hay mucho Ignacio Cid en ella. Se nota que el autor ha plasmado sus miedos y obsesiones y también sus teorías.
No me queda más que decir que Ignacio es un autor joven que puede llegar muy lejos, pues tiene un estilo propio, tiene una voz singular muy difícil de conseguir en estos tiempos que corren. El osito Cochambre es una muestra de que la literatura española — y muchos de sus autores— todavía conserva su esplendor.
Elena Montagud

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Título: Blood Magic
Autora: Tessa Gratton
Traducción: Concepción Rodríguez González
Editorial: Montena
Págs: 475
Precio: 16,95 € / 11,99 € (ebook)
Drusilla y su hermano Russell se han quedado huérfanos y se han ido a vivir a casa de su abuela. Si perder a sus padres no fuese ya bastante trágico, que sea porque tu padre a matado a tu madre y que después se haya suicidado es bastante trágico. Drusilla descubre un viejo libro de hechizos y descubre que la magia es algo que ella lleva en la sangre, y descubrirá también que puede que su padre no sea realmente un asesino. Se adentrará por la senda de lo paranormal arropada por su hermano y por un misterioso chico que la descubre haciendo magia en el cementerio.
Pues ya tenemos de vuelta al género juvenil la magia, que dentro de la ruleta que ocupan los roles de género tocaba. Hemos pasado por vampiros, hombres lobo incluso por zombies con olor a pino. Hemos sucumbido y padecido con la distopía juvenil (que me encanta), y ahora toca volver al terreno de lo mágico. Lo bueno que trae este volumen es que no es una historia de magos de camino por recorrer o brujas con quehaceres escolares. La magia en el libro tiene otro contexto más subliminal. Pasando de ser un don de los personajes a ser casi uno más en el libro.
El título puede llevar a engaños, al pensar que tiene que ver con vampiros porque no tiene nada que ver (ya aviso para las adictas a los colmillos), el mensaje va por otros derroteros que deberéis descubrir leyendo el libro. Es el primero de una saga que veremos crecer con el tiempo, aunque todavía no queda claro el número de volúmenes, todo parece apuntar a una trilogía aunque quién sabe...
El libro contiene una estructura mixta con una narración a veces por la protagonista: Drusilla, Silla para los que la quieren bien y otras por su amigo Nick, con el que comienza a experimentar en el terreno de la magia en un cementerio. Otras veces está narrado por unos personajes algo "antiguos" ya que cuentan cosas que pasaron bastante tiempo atrás.
La narración está mejor estructurada que otras de mayor éxito con una historia bien perfilada y unos personajes bien definidos. Nada estúpidos y anodinos sino con su propia personalidad y que te envuelven.
La historia, dentro del género juvenil romántica paranormal como no podía ser de otra manera contiene una nota romántica. Silla se enamora del chico nuevo. También dentro del género nos encontramos con personajes que han sufrido alguna desgracia personal, en este caso la pérdida de ambos progenitores supuestamente uno en manos del otro para luego suicidarse. Quizá nos recuerde en algún momento a otros personajes de otras sagas, pero desde luego es un libro para recomendar y evitar que pase desapercibido en las estanterías de las librerías. Tiene sus páginas, pero es ameno de leer y a la que te das cuenta ya lo has terminado y con ganas de saber más.
Aída Albiar García

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Título: Poemas japoneses a la muerte, escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte
Autor: Varios
Traducción: Eduardo Moga
Editorial: DVD Ediciones
Págs: 311
Precio: 18 €
No se asusten: por mucho que sea éste un libro de o sobre muerte, nos hallamos ante una antología encantadora. La razón de esta paradoja estriba en que tradicionalmente el japonés se ha relacionado con la muerte de una muy diferente manera que el occidental. No son estos poemas escatológicos precisamente. Por decirlo de otro modo: no hablan de un final, más bien de un principio. Escritos en su mayoría en los últimos momentos de vida de sus autores, son básicamente un saludo hacia el más allá pero también una despedida de la vida. La mayoría de las piezas poéticas están, a nuestro juicio, ciertamente envuelta en leyenda. No es difícil ponerlo en duda si pensamos que después de ser escritas les sobrevino la muerte a sus autores, por no añadir el hecho de que nadie en su agonía –que yo conozca– tiene fuerzas para ponerse a escribir poemas. Posiblemente gran parte de éstos fueron escritos a posteriori, como parte de una leyenda y tomando como base –aventuramos– las últimas palabras del autor, lo que me atrevería a decir es más que seguro en el caso de los monjes zen. A lo comentado se añade la artificiosidad –lo que se hace más patente con el transcurso del tiempo– de este género literario: el de los poemas de despedida o de muerte. No sólo se crea cierto nihilismo con respecto al género sino que muchos poetas acaban componiéndolo para la ocasión, estando en posesión de muy buen estado de salud. Con respecto al nihilismo del que he hablado, no hay mejor ejemplo que estos versos del poeta Toko: “Los poemas a la muerte / son un engaño. / La muerte es la muerte.” ¿No parece anticiparse al heterónimo con que Fernando Pessoa firmó “El guardador de rebaños”? Con él asimismo parece crearse un nuevo género: la poesía de anti-muerte. Pero ironías aparte que podrían ensuciar la belleza cristalina de esta magnífica antología, no podemos negar la evidencia: que contiene verdaderas joyas. Y ponemos otro ejemplo, en este caso una preciosa composición del poeta Sokan: “Si alguien preguntara / adónde ha ido Sokan, / decid tan sólo: / Tenía cosas que hacer / en el otro mundo.”
“Poemas japoneses a la muerte” es un libro tripartito. Una de esas partes está dedicada a los poemas de muerte de los monjes zen. Como puede esperarse, se trata de una poesía más espiritual a la par que más desnuda de ornamentos y juegos de palabras. También es más solemne y más pura. Aunque escrita en chino (como era habitual en la literatura ceremonial así como en aquella de índole oficial), en cuanto a su composición se atiene a la métrica del waka o poesía clásica japonesa, entre otras cosas porque el haiku aún está por llegar (y también la Edad Moderna, siguiendo los cánones historiográficos de Occidente). Muchos de estos poemas de monjes hacen referencia a la naturaleza; encontramos esta referencia en toda la poesía japonesa, desde luego, pero con una inequívoca razón aquí. “La noche es clara, / la luna brilla, sosegada, / el viento entre los pinos / suena como una lira. / Sin yo y sin otro, / ¿quién oye su son?”, dice el monje Zoso Royo en el momento de su muerte, a los 84 años, buena edad para morir y para escribir versos tan hermosos. La otra parte del libro recoge, a nuestro parecer (y defendemos este parecer), la antología más sugerente y evocadora de haiku que hasta ahora habíamos conocido; dicho esto, por supuesto, sin desmerecer los del genial Bashō. Precisamente porque están recogidos aquí los poemas de muerte de los mejores compositores de haiku, incluido el de Bashō. Sobre este género qué podemos decir que no se haya dicho ya. Es el género poético japonés por excelencia. Por mucho que le pongamos este nombre a composiciones breves escritas en otras lenguas, solo hay un haiku: el japonés. Aparte del marasmo de significados que ofrece su particular grafía, a esto se añade la abundancia de homofonías, lo que genera una riqueza semántica que redunda en los juegos de palabras y en los dobles sentidos. Eso sin mencionar las insalvables diferencias culturales.
Por si fuera poco el interés que esta poesía tiene en sí misma, cada pieza va acompañada de las circunstancias que acompañaron al poema, así como de notas biográficas (tradicionalmente unidas a la poesía en la literatura japonesa) o las jugosas explicaciones de Yoel Hoffman, autor de esta antología, reconocido filósofo y estudioso del Zen. Dejamos para el final lo que va en primer lugar. El autor, en un gesto no exento de cierta elegancia literaria, considera la introducción como una parte más del libro, no como un estudio. Recomendamos fervientemente leer detenidamente esta introducción, sin la cual sólo nos quedaríamos con la sonoridad de la poesía (que ya ha pasado de su idioma original al inglés antes que al español) y no con su significado, y seríamos como ciegos –pedimos licencia por la exageración– que leen en braille la portada de un libro cuyas páginas han sido arrancadas.
José Leandro Ayllón

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Título: Dos muertos y pico
Autor: José Ramón García Moreno
Editorial: Bruño
Págs: 120
Precio: 8,90 €
¿Quién no recuerda alguna anécdota fuera de lo común de su época de colegio o de instituto? Siempre alguna hay, ¿verdad? La mayoría seguro que son divertidas, por eso no se olvidan. Pero, ¿alguien por ahí tiene alguna anécdota que sea divertida y a la vez espeluznante? Es una combinación complicada, pero no imposible. Y si no me creéis, no tenéis más que echarle un vistazo a “Dos muertos y pico”, la novela de José Ramón García Moreno de la que hoy os hablaré.
El instituto de Dani es un centro escolar de secundaria como otro cualquiera, con sus empollones, sus gamberros, chicos del barrio y alguno de otra zona de la localidad. La normalidad se rompe, sin embargo, el día en el que aparece un esqueleto en el patio del centro. Los chicos creen de inmediato que se trata de la mujer de Don Severo, el antiguo director del centro (ya jubilado), ya que esta desapareció en extrañas circunstancias años atrás, y desde entonces siempre se ha rumoreado que su marido acabó con su vida y escondió el cadáver. Si están en lo cierto o no es algo que tendrás que averiguar adentrándote en las páginas de esta novela juvenil con tintes negros de la que yo solo te puedo dar unas cuantas pistas.
Dani es un adolescente catalán normal que estudia en un instituto de barrio abierto a todo tipo de chavales. Marta, la psicóloga del centro, le ha recomendado que escriba lo que le sucedió recientemente en un cuaderno para intentar superar el trance. Así es como comienza esta aventura colegial nada común narrada en exclusiva por Dani, el protagonista indiscutible.
El Dani narrador es un muchacho cercano y natural, de lenguaje tan llano a veces, que más que leyéndole parece que le estamos escuchando contar todas sus peripecias. Esto no quiere decir que el muchacho se exprese mal, ¡claro que no! Solo que su forma de narrar es asequible para todo tipo de público, y estoy segura de que conectará enseguida con los jóvenes de hoy en día, sobre todo con aquellos que piensan que la literatura es una cosa pesadísima (un rollo, vamos) y aún están a tiempo de darse cuenta de que hay obras con las que también ellos pueden disfrutar y con las que aprender que la lectura es una actividad de lo más gratificante.
Nuestro protagonista es un estudiante medio muy unido a su familia, especialmente a su abuelo (un hombre del que se puede aprender mucho), y a sus dos mejores amigos, Borrega y Jonathan. En el instituto hay una chica que le gusta, unos cuantos profesores que le caen bien y algún que otro misterio por resolver entorno a unos huesos aparecidos en el patio. Lo que podría quedar en una simple anécdota se convierte en todo un caso policiaco. Dani y sus amigos están dispuestos a llegar hasta el final. Pero, ¿no será todo esto un poco peligroso?
“Dos muertos y pico”, además de entretener y proporcionar una buena cantidad de momentos divertidos y otros intrigantes, es una novela que pretende transmitir los valores positivos de la amistad, la tolerancia y la familia, especialmente de los abuelos. Y es que muchos chicos saben perfectamente que sus abuelos pueden ser grandes amigos de los que aprender montones de cosas útiles para la vida; pero otros quizá no tanto. Tampoco puede que no hayan comprendido aún que hay que valorar a los mayores, en general. Y otras tantas cosas que, insisto, tendrás que descubrir por tu cuenta mediante la lectura de esta novela.
“Dos muertos y pico”, en definitiva, es una novela juvenil divertida, cercana, cargada de intriga y valores positivos apta para todos los públicos que seguro que conectará especialmente con el público más joven. ¿Te atreves a comprobarlo?
El instituto es un microuniverso en sí en el que suceden cosas la mar de interesantes. Algunas anécdotas serán divertidas, otras no tanto. Lo raro es encontrar, como decía al principio, sucesos divertidos y a la vez terroríficos. Conoce ahora la de Dani en “Dos muertos y pico”, una novela que seguro te sorprenderá.
Cristina Monteoliva

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