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Título: Intersticios. Conversaciones con Jorge Aulicino
Autores: Jorge Aulicino, Beatriz Silvia Amarante y Alejandro Elissagaray
Editorial: Nueva Generación
Págs: 204
Precio: 12 € (ver www.tematika.com)
Desde que en 1848 Johann Peter Eckermann concluyera el último tomo de su célebre obra, Conversaciones con Goethe, mucha tinta se ha secado dando cuerpo y tradición a este subgénero, el de las entrevistas a escritores entregadas al lector en forma de libro. Heredera de la antigua mayéutica, como el periodismo en general, esta forma literaria se distingue por brindar la ilusión de un contacto más íntimo con el entrevistado, con sus incertidumbres, su historia, sus apologías y rechazos, distanciándose del reportaje formal y acercándose a la plática fuera de formato que habitualmente entablamos con las personas que nos interesan.
Esto último es particularmente llamativo cuando, como en el caso de estas conversaciones con el escritor argentino Jorge Aulicino, se entablan con alguien que es, precisamente, un periodista profesional y de los muy conocidos en el medio. Aulicino nació en Buenos Aires en 1949; fue militante político, es poeta, y será para el lector una voz autorizada para conversar respecto de una variedad de temas, como el desarrollo cultural y el acontecer político y social de las últimas cuatro décadas de la Argentina, entre otros desgranados a través del volumen. Es un testigo y protagonista directo de esas instancias (en sus tres facetas: poeta, periodista y militante), pero su palabra no se agota en la crónica de la experiencia. En el caso de Aulicino y de este Interticios donde se explica, se suma a lo aportado por las sucesivas realidades de esas cuatro décadas una interpretación subjetiva de los hechos que pone de relieve su notoria formación humanística, filosófica y espiritual (esto último, en el buen sentido de la palabra), que es además la base misma de una producción poética de relieve.
Para la buena fortuna del lector, los entrevistadores aprovecharon un año entero de grabaciones magnetofónicas para registrar no sólo las opiniones de Aulicino sobre la materia literaria, sino que supieron abrir el abanico de preguntas hacia una interesante diversidad, cuyo abordaje muestra al autor argentino no sólo diestro para brindar un versión convincente de los sucesos a los que se refiere, sino también para fundar sus opiniones tanto en las observaciones directas como en la elaboración muy personal de los hechos, de un modo original y habitualmente parejo a lo largo de más de doscientas páginas. Sus inicios en la militancia política y su despegue como autor; los vaivenes de su actividad profesional; las luces y las sombras de una Argentina que terminó sumergida en los horrores de la dictadura militar, para volver a la democracia en un mundo que había cambiado nuevamente de rumbo; la teoría estética y sus múltiples callejones, avenidas y pasajes sin salida; el ocaso y el amanecer de las creencias personales; los fervores filosóficos y la duda posterior; la actualidad y el pasado de la actualidad, así como los futuros posibles, tienen cabida en este juego dialogal que no deja a un lado el humor ni la ironía en sus dosis justas.
Estas peculiaridades están vertidas en Intersticios mediante diálogos generalmente ágiles, donde el dúo de entrevistadores se turnan para orientar el rumbo hacia cuestiones que vienen y van desde la historia personal del autor hasta los temas abordados, brindando el marco más conveniente para que la voz de Aulicino, medulosa y siempre atenta a sostener un tono objetivo respecto de lo que está describiendo, alcance también el registro de la confidencia, de lo íntimo compartido. Desde esta intersección es que Aulicino responde a temas sociales, económicos, políticos, literarios, a aquellos referidos a su profesión, y también opina sobre la galería de personas y personalidades que ha conocido, tratado, discutido o seguido. Como sintetiza el mismo Jorge Aulicino: “No se puede hablar de lo impersonal sin caer en lo paradójico, porque la impersonalidad absoluta no tiene lugar en un sujeto. Creo en la presencia de un yo lírico que oficia de personaje que desempeña el papel de observador impersonal. Ese personaje habla de otros personajes o de sí mismo pero no soy yo. Ese personaje, últimamente desarrolla, escribe, una épica fragmentaria” (Sic, pág. 181).
Luis Benítez

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Título: Diarios
Autor: Fernando Pessoa
Editorial: Gadir
Págs: 152
Precio: 15 €
Puede que estas memorias, estas escuetas anotaciones escritas sin pretensión alguna a lo largo de su vida, conformen una de las piezas clave de la obra del inmortal portugués. El diario personal cobra un nuevo matiz en manos de Pessoa; encontramos los mismos temores e inquietudes que en toda su poesía y en su “Libro del Desasosiego”, pero la intimidad del género hace que el genial escritor profundice aún más en sus conflictos internos, en la crisis de valores que caracteriza al poeta y, si lo pensamos, al hombre moderno por extensión. Pessoa se define como alguien que tiene sentimientos grandiosos y brillantes propósitos, pero una voluntad débil que no le permite llegar a puerto, quizás porque su horror vacui llega hasta el extremo de tenerle aversión a los finales y a las situaciones resueltas. Él es la sombra de sí mismo. Siempre nos ha parecido que su poesía deriva mucho (demasiado a veces) hacia un terreno aforístico (o bien, se pierde a veces en divagaciones éticas). Es en estos diarios que él se define como un poeta impulsado por la filosofía. Ninguna otra obra va a acercarse más a la personalidad de Pessoa y a sus circunstancias. Estos diarios suponen una obra continua, aunque podría decirse que albergan dos partes, si bien facticias: el diario propiamente dicho por un lado y las anotaciones personales por otro, la faceta más interesante del presente libro. Del diario como tal nos llegan noticias de sus amistades, de los círculos literarios, su amistad y admiración por el poeta Sá-Carneiro, sus estrecheces económicas y su recia vinculación con Lisboa. Pocos escritores han discurrido tan a la vez como su ciudad; el bronce sedente en la terraza del Café A Brasileira está más que justificado. Cuántos homenajes reciben otros artistas que no gozaron o sufrieron su ciudad natal. Homenajes que las más de las veces no favorece al desaparecido creador sino al consistorio. “Pessoa rima con Lisboa”, dispara Rita Lopes, diciendo lo mismo que nosotros pero más que nosotros y con menos palabras. “Antes del almuerzo (doce y media) di un paseo totalmente vacío, meditativo y estéril, perdido en mis ensoñaciones. Después fui al despacho de Mayer. Pasé por la Brasileira y me quedé allí hablando con Ilídio Perfeito…” He aquí un breve ejemplo de lo que decíamos antes.
En sus diarios encontraremos los mismos motivos que más tarde abordará en su poesía, las mismas obsesiones. Parece como si Fernando Pessoa hubiera sido desde siempre el mismo, como ya nacido con esa personalidad enigmática y esquizoide que le hará inmortal e imperecedero (en el sentido de que nunca se acaba de leer a Pessoa). Tanto es así que mucho antes de la aparición de los heterónimos más conocidos por el público lector de su más principal obra, su poesía -heterónimos tales como Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, etc.- Pessoa ya firmaba distintos pasajes de su diario personal con distintos nombres, usando los heterónimos de Charles-Robert Anon, Alexander Search o Fray Mauricio. No sólo se trata de usar estos alias como autoridad de lo escrito; también habla de sí mismo echando mano de alguno de ellos. Refiere una cena familiar con sus tías en la que participó y escribe: “Pobre Fray Mauricio, estabas allí y todo era frío, frío, frío”. ¿Qué clase de persona era Pessoa? ¿Cómo puede alguien eludir su propio nombre incluso en sus papeles más íntimos? ¿Eran cada uno de estos caracteres ficticios una faceta de su personalidad? Anotemos que Pessoa en español se traduce como “persona”, pero al parecer también puede traducirse como “nadie”. Este misterio, y todo misterio era para él la clave de su escritura (comme il faut), es posiblemente lo que le hace eterno. Pero no es mi intención ponerme a descifrar las claves de su extraña y huidiza existencia, ni tampoco de su más extraña y asombrosa obra. Baste decir para terminar que para él la vida no era necesaria, pero sí lo era crear. Frase que, entre otras tan brillantes como ésta, podremos encontrar en estos “Diarios” escritos originalmente en portugués y en inglés, y publicados por primera vez en España por Gadir Editorial, que ya suma en el año en curso su segunda edición.
José Leandro Ayllón

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Título: Joseph Goebbels. Vida y muerte
Autor: Toby Thacker
Traducción: Efrén del Valle
Editorial: Ariel
Págs: 512
Precio: 29,90 €
Toby Thacker, catedrático de Historia Moderna de Europa en la universidad de Cardiff (Reino Unido), y especialista en las relaciones entre nazismo, poder y desnazificación, con varios títulos clásicos al respecto, publicó el año pasado en su país una nueva biografía de Joseph Goebbels, ministro de propaganda bajo la Alemania nazi entre 1933 y 1945, que nos llega en traducción inusitadamente rápida a nuestro país, otra muestra del creciente interés por el fenómeno totalitario en tiempos de crisis económica.
El trabajo de Thacker se basa, frente a las obras anteriores de Curt Riess, Viktor Reimann y Ralph Georg Ruth -actualmente también en las librerías españolas gracias a la editorial La Esfera de los Libros-, entre otros, en la completa traducción del diario que el dirigente nazi llevó desde 1923 hasta sus últimos días como voluntario recluso en el búnker de la Cancillería de Berlín, donde ante el avance de las tropas soviéticas decidió quitarse la vida junto a su mujer, y asesinar a sus hijos, antes que ver el amanecer de una Alemania privada del nacionalsocialismo. Gracias a sus auto confesas páginas, el texto de Thacker reconstruye con precisión, aunque con cierta rapidez y austeridad, la compleja mente del hombre que ha pasado al imaginario popular como la más acabada personificación del nazismo: el régimen que consiguió fraguar las más elevadas cotas de cinismo, doblez en las relaciones internacionales, manipulación política y terror desatado de la historia.
Aunque Thacker hace buenas las enseñanzas de los grandes biógrafos que siempre aconsejan no marear demasiado al lector con los años de infancia, lo cierto es que su Goebbels crece demasiado rápido. Las escasas páginas destinadas a abocetar su infancia y adolescencia resultan magras para tratar de dilucidar cómo pudo afectar su conocida mala relación con su padre y la fracasada operación de rodilla que le dejaría tullido de por vida en la psique de un hombre que haría de la identificación mítica con un caudillo -Hitler- y de su adscripción fanática, pero bufonesca dadas sus condiciones físicas, con una raza superior elegida sus constantes vitales y políticas. Si bien es cierto que las sumas de vida psicológicas en manos de escritores paracaidistas en la materia son peligrosas, la escasa indagación en los traumas juveniles del más retorcido, pero a la vez inteligente, de los asesinos nazis priva a su libro de un apoyo indispensable para echar a andar.
Superiores son, sin duda, las nutridas páginas dedicadas a trazar su creciente participación en el partido nazi -más tardía de lo que el propio Goebbels habría de reconocer en público-, su fiel adscripción al caudillo y la formación en su conciencia de varios ideales básicos como fueron los del sacrificio, el culto a los mártires y la creación de una entidad racial, cultural e histórica, llamada ‘volksgemeinschaft‘, que se convertiría en la causa última por la que Goebbels estará dispuesto no sólo a inmolarse personalmente, al ser fracasa por la vía militar, sino a llevarse a su tumba a su familia y a los millones de personas que voluntariamente sacrificó para ver cumplido su ideal de un Reich que, cultural y socialmente, cumpliera todas sus desmedidas expectativas.
En un largo epílogo, el autor se presta a fijar una nueva fotografía del supremo propagandista nazi. En ella queda el retrato de un hombre fracasado en su ideal último, que ha pasado a la historia con la catadura de uno de los más grandes demagogos de la historia y que ha quedado marcado para siempre con el estigma de ser el retorcido maestro de la mentira, la manipulación y la adecuación de la política a unos fines criminales. Visceralmente conservador en lo cultural, orquestador de su propia vida con un talento sin igual para la dramatis personae, y revolucionario en la concepción alemana y aria de lo social, sobre sus espaldas se hace recaer el peso de la vesania racista que condujo a los paredones de fusilamiento y a las cámaras de gas a millones de personas con una falta de humanidad personal rayana lo increíble.
Su legado, tristemente, no parece muerto. La manipulación de los medios para que vomiten mentiras unidireccionales hasta hacerlas creer incluso a aquellos que las producen; el uso del cine, la radio -y ahora la televisión e Internet, medios que Goebbels hubiera explotado de modo terrorífico- para transmitir los principios resumidos de una ideología destructora, y la denigración del rival político y social por sí mismo, junto a la tergiversación sin fin de las imágenes para obtener unos resultados concretos, parecen más realidades de nuestra época que de los años en que el doctor Goebbels y sus secuaces tuvieron que lidiar con unos medios tecnológicos primitivos. Cabe preguntarse cuánto de nuestros medios de comunicación, de la propaganda institucional que diariamente absorbemos, de la ideología que desprende cualquier informativo y periódico, beben de un modo que nadie reconocerá del hombre que consiguió que todo un pueblo odiara a una raza y un mundo de los que casi nada conocía.
Iván Alonso

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Título: Lo breve
Autora: Cristina Grande
Editorial: Tropo Editores
Págs: 103
Precio: 10 €
Nunca he sido capaz de escribir un diario de manera continuada, por más que lo haya intentando. Tampoco se me da bien escribir anotaciones todos los días en la agenda. A veces he pensado que tal vez debería simplemente escribir pensamientos al vuelo, tal vez impresiones inesperadas, pedazos de la realidad que tal vez merezcan ser recordados. Ahora me encuentro que hay alguien que también ha pensado que sería una buena idea, y es más, ha llevado el proyecto a muy buen puerto. Me refiero a Cristina Grande y a su libro, Lo breve, del que pasaré a hablaros de inmediato.
En realidad, lo que ha hecho Cristina Grande es mucho más que anotar pensamientos al vuelo o escribir un diario personal. Pero, ¿cómo podríamos calificar una obra tan singular como ésta de la que hoy pretendo hablaros? Será mejor que empiece intentando explicaros en qué consiste: Lo breve es un volumen compuesto por 53 piezas así enumeradas, sin título, todas con una extensión (breve, como el título del libro indica) similar, lo que hace de este libro un compañero ideal para cualquier situación (viajes en metro o en autobús, esperas en la consulta del médico, tardes en la playa...).
Ahora bien: ¿se podría considerar esta obra un diario al uso? No, no lo creo: lo que aquí sucede, todos los pensamientos, las vivencias propias y ajenas y las impresiones que la autora comparte con todos nosotros, los lectores que decidimos adentrarnos en las páginas de este libro, no tienen un orden temporal.
Por el mismo motivo, y aunque muchos de los datos revelados aquí podrían servir más adelante para escribir una biografía, tampoco podríamos calificarlo como obra biográfica tal y como hoy en día lo entendemos.
Por otra parte, cada una de estas piezas tiene mucho del artículo de opinión (y de hecho, antes de recopilarse en este librito, fueron publicadas en prensa), también del cuento.
No, nada de lo que aquí sucede es ficción. Todo es absolutamente real. Sin embargo, al igual que en el cuento, Cristina Grande sabe darle a estos artículos un comienzo atrayente, un desarrollo ágil y un final sin duda impactante. Es más: Grande sabe exactamente donde poner ese punto y final, donde dejar de narrar antes de que el lector pueda perder el hilo del tema principal para perderse en divagaciones que empobrecerían el conjunto del texto.
Con respecto a la temática, podríamos decir que es de lo más variada: recuerdos propios y familiares, tradiciones aragonesas, noticias de actualidad en el momento de la escritura, sensaciones transmitidas por la naturaleza, el mundo rural y el urbano, anécdotas de las que no se olvidan, etc. Parece como si cualquier momento fuera bueno para Grande a la hora de desnudar por completo su alma, para ofrecernos lo mejor de ella misma sin tapujos en un ejercicio de sinceridad extrema y valentía literaria y humana. ¿Creéis que habrá mucha gente capaz de algo así?
Cuenta Cristina Grande en el prólogo de este libro que, aunque nació en la rebotica de una farmacia, no estudió más tarde farmacia justamente porque no le gustan las historias tristes. Tal vez ella tenga mucho de farmacéutica, aunque aún no se haya dado cuenta. Y es que son sus textos de este libro pequeñas pastillas cargadas de sinceridad y buenas letras, colirios para hacer llorar o para todo lo contrario, cápsulas de felicidad ajena que de pronto nos hace sentirnos mejor... (Y paro de contar, porque no acabaría nunca). El caso es que así pasa siempre con la buena literatura: leerla es como tomar un medicamento que apacigua el alma, que nos relaja el cuerpo, que nos transporta a otro mundo. Lo breve es una medicina para el organismo sin efectos secundarios. No dudes en probarlo, pues enseguida empezarás a sentirte mejor.
Nunca he sido capaz de escribir un diario de forma continuada. Tampoco tengo papel y bolígrafo a mano cuando pasan por mi cabeza pensamientos que tal vez merezcan la pena ser contados. Pero no me importa. Por ahora, prefiero que sean otros los que hagan este tipo de ejercicios literarios, más aún cuando lo hacen tan bien como Cristina Grande en Lo breve. Os invito a que lo comprobéis por vosotros mismos. Estoy segura de que no tardaréis en darme la razón.
Cristina Monteoliva

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Título: Historia abreviada de la literatura portátil
Autor: Enrique Vila-Matas
Editorial: Anagrama
Págs: 126
Precio: 7,26 € / 6 € en edición compacta
1985. La editorial Anagrama publica una pequeña obra (no podía ser de otra forma) que presenta la forma de un ensayo pero, muy al estilo de Borges, nos hace desconfiar de su género y tiende hacia la novela. Porque además, plantea un enigma: ¿cuánto de verdad hay en lo que afirma la voz narrativa?
Con esta «Historia abreviada de la literatura portátil», Vila-Matas sienta las bases sobre las que se establecerá gran parte de su novelística posterior: la fusión entre ensayo y novela (que también sería explorada por Bolaño, entre otros), las extensas referencias artísticas (normalmente son escritores, pintores, músicos los personajes que aparecen y desaparecen en sus obras), la creación de un universo literario propio.
Términos como “shandy” o “máquina soltera”, autores como Robert Walter o Witold Gombrowicz, ciudades centroeuropeas… se convertirán en constantes que de forma más o menos explícita podremos encontrar en la producción de Vila-Matas.
Invito al lector a que se sumerja en esta conspiración producida en plena época de vanguardias artísticas, a que se introduzca en las provocaciones y excentricidades de una serie de mentes que decidieron dar pasos en el vacío, piruetas en el abismo y experimentar, inyectando a las distintas artes un aire nuevo, fresco y envenenado que perdura, en mayor o menor medida hasta nuestros días: si aún seguimos siendo herederos del Romanticismo, también somos hijos bastardos de las vanguardias.
Y que supone además la esencia de la obra de Vila-Matas, que sigue estos rasgos y se convierte, a su vez, en una perfecta producción portátil de un shandy, revitalizando la narrativa de nuestro país y la literatura en general, pues:
"La literatura vivirá mientras alguien que se disponga a escribir una simple carta dude unos instantes acerca de la manera de hacer verosímil lo que se propone decir en ella. Y en el peor de los casos, aun suponiendo que la gente deje de escribir cartas, la literatura no morirá mientras los poetas, además de escribir, sepan leer” (p.106).
Raúl Rubio Millares

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Título: Cuerpos divinos
Autor: Guillermo Cabrera Infante
Editorial: Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg
Págs: 555
Precio: 23,50 €
“Fit as a fiddle que es todo lo opuesto a listo para la fiesta. Fit as fiddle que es vivo como un violín y no violento como una viola. Fit as a fiddle and ready for love, riddle for love que es vole, volé (ve olé)...” De esta forma tan sorprendente y sonora comienza esta autobiografía tan poco ortodoxa pero tan… ¿natural? No sé, después de todo ¿cómo no?, fit as a fiddle. Nada de comienzos tipo “mi infancia son recuerdos” o “llega un momento en la vida de un hombre”. Dentro del género de la autobiografía novelada no he encontrado nada como “Cuerpos divinos” y harto me consta a mí mismo, que he leído bastante de este género. A destacar la rica e impagable “La novela de un literato” de Rafael Cansinos Assens y “Mi medio siglo se confiesa a medias” de César González-Ruano donde él nos confiesa, entre otras cosas, que la vida ha dejado de ser una novela para convertirse en un reportaje. Cruda declaración aunque no lo parezca.
En “Cuerpos divinos” de Guillermo Cabrera Infante, esta novela que acabó siendo una biografía velada, la vida del escritor se va desgranando poco a poco. Por supuesto que no son unas memorias completas; sólo abarca una época determinada: los estertores de los años 50, es decir: los postreros años de la dictadura militar y la inminencia de la Revolución cubana que finalmente se hace realidad el fin de año de 1958 y toma cuerpo al año siguiente. Las cosas de este tipo siempre vienen rápidas. Se va desgranando, decía, y volviendo para atrás al más puro estilo Infante que hace mil y un flashback y nos sale con algo pasado cuando nos resuelve en su obra un acontecimiento ya pasado. Es una forma resuelta, naturalísima, simpática y desordenada de narrar una vida. Porque la vida de un escritor no es lo que nos han hecho creer ellos mismos en sus diarios. Nadie tiene una memoria tan prodigiosa como para poner en orden sus vivencias, y menos cronológicamente o siguiendo cualquier otro sistema. Sin embargo, Cabrera Infante sabe lo que se hace en este libro. Escrito tiempo después y poco a poco, es todo un trabajo de ingeniería, teniendo en cuenta las enfermedades que le aquejaron en su tardía madurez. La vida del autor cubano, decía, se va desgranando poco a poco y echando mano de elementos biográficos muy precisos: sus amigos de entonces, su trabajo de periodista y crítico cinematográfico en la publicación periódica “Carteles” (la dorada época de “Carteles” siempre a la sombra de “Bohemia”), lo que le movía a ir al cine con frecuencia y no a disgusto, los bailes, los clubs, el Hemingway cubano con quien salió a pescar el gran pez de “El viejo y el mar”, el jazz grabado a fuego, las noticias de la “Sierra” donde Fidel Castro y Ché Guevara van ganando puntos poco a poco, y… por supuesto, por supuestísimo, las mujeres. El mito de seducción que arrastra Cuba no va en balde. El escritor, ahora por infortunio para nosotros desaparecido, nos detalla al pelo las relaciones (el amor, todos los tipos de amores) con las mujeres que conoció en la época. Podríamos pensar que hay presunción en ello de no ser porque en su entorno cultural-periodístico (luego más tarde revolucionario) nadie perdía el tiempo con mojigaterías. De hecho, y eso me hizo sonreír –es un libro que realmente te hace sonreír (e incluso reír) más de una vez, merecedor de los afortunados de unas Makáron Nésoi como lo es el caribe- nos acusa a los españoles de ser unos puritanos. Quizás ya entonces éramos más europeos de lo que creíamos. Lo cierto es que el primer amor de este libro también tenía un nombre griego: Elena. “Fue entonces que la vi sin haberla mirado, sin realmente haberla mirado, sin mirarla apenas y vi que era rubia, rubia de veras aunque parecía pequeña, pero aún sin medirla sabía que estaba hecha a mi medida.” Poesía coloquial, podría decirse.
Cabrera Infante se implicó en la Revolución cubana más de lo que la gente cree, aunque finalmente fue la mismísima Revolución lo que le alejó de su amada tierra. Porque “el patriotismo es el refugio del pícaro”. Se implicó, decía, hasta el grado en que aparcando alguna vez sus reseñas cinematográficas, que firmaba con el sencillo seudónimo de CGI, llegó a publicar en “Carteles” algún texto subversivo anti-batistiano. Desengáñese ese ibérico rojillo, ingenuo e idealista, que todavía pulula por ahí y que en su ignorancia llega a acusar a este autor de fascista. El fascismo tiene sus bases, sus porqués sin porqués, sus lemas y sus imperativos. No se puede decir de alguien que es fascista porque condene el Castrismo. Las ideas, también las políticas, hay que crisolizarlas más, si me permitís acuñar el término. Este espécimen de rojillo, que no rojo, del que hablaba, este atormentado y comprometido que diría Antonio Muñoz Molina, es quizás el culpable de que hoy en día, habitantes que somos de la democracia más calvinista que existe, nos llevemos las manos a la cabeza por cualquier cosa. Incomprensible asimismo es, al menos para éste que suscribe, ese padrinazgo político-sentimental que muchos tienen con Cuba. Les resulta fácil hablar del tema y solidarizarse con la caribeña patria y su comunismo rampante, ya que no les ha tocado vivir allá, donde eso sí, a pesar de que es difícil levantar cabeza, no falta la alegría y el calorcito humano. Pero precisemos en toda regla la verdadera posición del intelectual que era GCI: en la época en que el escritor firmaba de este modo había varios aparatos revolucionarios; principalmente el llamado Directorio y el 26 de Julio, al que más de una vez algunos intelectuales o agitadores sociales le rogaron desde la clandestinidad que se adscribiera. Sin embargo, él se negaba continuamente porque había apostado desde siempre por los comunistas. Esto, como podemos ver, no huele a fascismo por ninguna parte. Fidel Castro sin embargo era revolucionario pero no comunista; las cosas se torcieron finalmente y tuvo que abrazar esta forma de gobierno. Pero precisemos más: CGI estuvo a punto de dejar su familia para unirse a la guerrilla en la Sierra. La caída (la fuga más bien) de Batista hizo innecesario este paso que, de seguro, hubiera destrozado su vida. El Hombre, el tirano, se había quitado de en medio. Esta circunstancia dejó boquiabierto al más pintado. Después de tanto derramamiento de sangre, nadie esperaba este sorprendente final del que fue informado CGI por fuentes “fidelinas”, no fidedignas. No faltan los juegos de palabras, hasta en los momentos más álgidos; momentos de gloria y libertad que, como él mismo nos cuenta, le hicieron llorar de alegría. Después de la llegada de Fidel Castro, estuvo trabajando para éste como reportero-heraldo (y también como siervo feudal) y le acompañó a sus mítines y a sus viajes de una punta a otra del continente americano, llegando con sus conferencias hasta Nueva York y Montreal. Lo conocía de mucho antes, a Castro, de sus tiempos de estudiante. De él nos cuenta que mientras se acercaban a Buenos Aires, solicitó a su segundo de a bordo del barco de la revolución que le cantara tangos argentinos. Sin dudarlo un momento, su fiel le tarareó algunos junto a su oído.
Y bien, creo que esta síntesis sitúa al difunto Guillermo en un plano político bastante fidedigno, sólido y, para algunos, quizás inesperado. Pero ay, como él dice: “Las revoluciones son el final de un proceso de ideas, no el principio, y es siempre un proceso cultural, nunca político. Cuando interviene la política –o mejor los políticos- no se produce una revolución sino un golpe de estado y el proceso cultural se detiene para dar lugar a un programa político. La cultura entonces se convierte en una rama de la propaganda.” Se puede decir más alto pero no más claro. Pero quizás le estoy dando a la cosa un enfoque demasiado partidista. No olvidemos tampoco, como biografía colectiva que es de una época en que, a pesar de la crónica de la represión batistiana tiñendo de negro los habaneros dulces años 50, destacan las noches cubanas, los amigos, los compañeros de periódico, la bohemia cubana (esta con minúscula), los personajes más variopintos con un pasado que llenarían más libros de por sí, los compatriotas con que se topaba fuera de Cuba. En fin no olvidemos tampoco el erotismo más floreciente, el placer en todas sus dimensiones, los libros, la vida… La política tal vez acabó con todo esto. “La política terminó por engolfar la vida”. Los amigos y compañeros fueron alejándose, el gentío (antes aclamador de Batista) buscaba a quien linchar, el peligro había pasado, el dictador había caído y todos de pronto salían a la luz dándoselas de muy revolucionarios (¿nos suena esto?), una especie de “castidad revolucionaria” alejaba a CGI de sus recurrentes ninfas, ahora con ametralladoras en las manos. ¿Es CGI un reaccionario? ¿Lo es un servidor? No lo sé bien pues no sé con qué rasero debe medirse eso. Sólo sé que aquella otra vida, si damos fe a sus palabras, fue su mejor vida. La política hizo mucho más que engolfar la vida; se cobró la esquela más dramática. La podemos leer en el colofón. Todos sus compañeros, hasta los más comprometidos con la revolución, se suicidaron o acabaron alcoholizados. Parece que sólo él, después de conseguir el amor de la verdadera “Ella”, se salvó. Pero la tragedia se consuma al final, y desde luego hay mucho más que un final en éste y en todo libro. Huyamos de la visual escatológica de este libro, pues además de estos trágicos datos que no apetecen -lo comprendo- a todo el mundo, este es un libro que merece ser leído. Su estilo tan poco ecléctico, tan claro, lo hace apetecible. Infante tiene el don de recoger datos ingentes relativos a una época que no fue lo que se dice un siglo o, cuando menos, toda la vida de un escritor, exponiéndolos de una forma dinámica, amena, con la habilidad de mezclarlos con anécdotas curiosas y juegos de palabras muy sabrosos. La trama está llena de encuentros y desencuentros, de encantos y desencantos.
No diré más. Este libro se lee como si estuviéramos leyendo nuestra propia vida.
José Leandro Ayllón

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Título: Cuaderno de notas
Autor: Antón Chéjov
Traducción: Leopoldo Brizuela
Editorial: Páginas de Espuma-La Compañía
Págs: 187
Precio: 9,90 €
¿Qué escritor no desearía conseguir el éxito leyendo un sencillo manuscrito? Encontrar las dosis justas que necesite cada una de las narraciones. Saber de qué modo se cuecen las obras maestras, el modo de operar del cerebro de los grandes genios, la forma de trabajar, los detalles a incluir, el material a desechar… Este conjunto de cosas son las que uno puede encontrar, nada más y nada menos, en este pequeño Cuaderno de notas de Anton Chéjov. Un pequeño libro que en poco más de ciento ochenta páginas da cuenta de algunas de las genialidades de este maestro del cuento y excelente autor teatral.
Unas veces nos encontramos con escenas a medio hacer, en otras ocasiones son variaciones sobre el mismo tema, juegos sobre las posibilidades que puede tener una escena teatral o un fragmento de cuento. Uno se apercibe de la minuciosidad de orfebre con la que Chéjov trabajaba. Lo anotaba todo: precios, rasgos de los rostros, fragmentos de una esquina, detalles de un callejón, de una luz o de una casa. Todo se encuentra ahí. Y si uno sabe leer bien, entre líneas se apercibe de que para este autor la ocurrencia no debía constituir lo único. Había grandes dosis de trabajo, de dudas, de variaciones, de documentación y muchísimos detalles.
Otras de las cosas que a uno se le quedan grabadas al leerlas son esas frases lapidarias, esos golpes de humor, o de genialidad, de reflexión y de lucidez.
Algunas muestras de lucidez:
“… la igualdad de los hombres jamás será posible. La desigualdad debe considerarse, por tanto, como una ley inmodificable de la naturaleza. Pero nosotros somos capaces de volver inocua esta desigualdad (…) A este respecto, la educación y la cultura harán grandes conquistas.” (p.22)
“Lo nacional no tiene nada que ver con lo científico” (p. 67)
“El hombre no abre los ojos hasta que no es infeliz” (p.160)
Otras tantas de humor:
“Envidia tanto que bizquea” (p.24)
“No tener caballo se dice aquí poner a cuatro patas a la paisana” (p.29)
“Son formidables los alemanes, hablan del precio de la lana… mientras que nosotros, los rusos, nos enzarzamos a discutir sobre la liberación de la mujer (…)”( p. 38)
Y la sátira con crítica:
“Los curas y los actores tienen muchas cosas en común”(p.45)
Y consejos:
“La buena educación no consiste en no manchar el mantel con salsa, sino en aparentar que uno no ha visto nada cuando otro hace algo así”(p. 57)
Quizá lo único criticable es lo deslavazado del texto. La falta de unión entre unos fragmentos y otros, como seguramente corresponde a un cuaderno. Pero este pequeño libro es una de aquellas joyitas para leer con calma, para aprender, para llenarse de sabiduría… Un libro imprescindible para cualquier escritor y para los interesados en la obra del maestro ruso. Un libro al que acudirán muchos autores cuando no encuentren frases lapidarias con las que adornar su discurso. Ya saben, Cuaderno de notas de Anton Chéjov.
Luis Vea García

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Título: El habla malagueña
Autor: Alfredo Leyva
Editorial: Almuzara
Págs: 168
Precio: 15 €
Puede que, como estamos en crisis, no puedas permitirte una estancia fuera de España este verano. Seguro que tú también has pensado en la Costa del Sol como destino turístico entonces. ¿Y qué mejor que llegar allí ya sabiendo las características lingüísticas de la tierra y así poderte relacionar correctamente con los habitantes del lugar? O tal vez seas malagueño y te interese conocer algo más del lenguaje con el que normalmente te relacionas con tus familiares y amigos. En fin, amigos, que para estos y otros muchos supuestos, disponemos de un buen arma: El habla malagueña, el nuevo libro de Alfredo Leyva del que hoy os hablaré.
Que no se engañe nadie: por más que la televisión nacional quiera hacer creer al resto de España que todos los andaluces hablamos igual y nos comportamos de similar manera, la realidad dista bastante de este estereotipo. Somos muchos preocupados por dejar esto bien claro, pero probablemente nadie haya trabajado tanto en los últimos tiempos por llegar hasta lo más profundo de las distintas variantes del andaluz como Alfredo Leyva, quien, tras publicar su exitoso Diccionario del Habla Granaína, nos trae ahora su volumen dedicado a Málaga, una tierra tan explotada en tantos sentidos, y sin embargo, con tanto por descubrir aún. Como su lengua.
El libro se estructura de la siguiente manera: tras un cariñoso prólogo de Tico Medina, nos encontramos con la introducción que de la obra hace el propio autor, Alfredo Leyva, donde el autor nos cuenta un poco de la historia de Málaga (para hacernos entender mejor de donde le viene la riqueza lingüística a esta provincia), así como la descripción de alguna de las características fundamentales del malagueño y su forma de hablar.
Más tarde nos encontramos con la parte central de la obra: la sección dedicada al vocabulario, con la que aprenderemos palabras que derivan, por así decirlo, del inglés (como aliquindoi), del italiano (merdellón), del alemán (dabuten), del árabe (maharón), etc, contracciones (dun, cun), y un largo etcétera de vocablos típicamente malagueños definidos siempre con la sencillez y el sentido del humor que caracterizan a Leyva (por mencionar algunos: cotúo, eñajá, majáh, tranfulla, ziquitraque, enjaretao). No reírse durante esta lectura es casi imposible.
Al respecto del Vocabulario me gustaría hacer un par de puntualizaciones más: la primera llamará la atención enseguida al que ya haya leído El diccionario del Habla granaína. Y es que si bien en el diccionario dedicado al habla granaína las definiciones en granaíno y en castellano estaban separadas en dos subsecciones, en El habla Malagueña el lector tendrá la pequeña dificultad de encontrarlo todo junto en la misma sección, de manera que el vocablo malagueño aparece primero en malagueño puro, y más tarde, dentro de la misma definición, encontramos “la traducción” al castellano. (Total: que no hay manera de cerrar el libro sin acabar sabiendo malagueño).
En segundo lugar, os contaré que he notado, con sorpresa y a la vez alegría, que muchas de las palabras malagueñas aquí recogidas son de uso muy común en mi pueblo natal, Almuñécar, precisamente (imagino) por ser éste un pueblo de Granada pero limítrofe con la provincia de Málaga. Vocablos como fuguilla, roílla, ténih, untura, entenguerengue, chambel, ehcalichao, baratillo, etc forman parte de mi vocabulario habitual. Ahora entiendo por qué nunca me ha sido tan difícil entender a los malagueños.
Curioso será para muchos el apartado dedicado a los Gentilicios populares malagueños, donde descubriremos hasta donde puede llegar eso que llamamos “motes”, sobre todo cuando lo aplicamos a todos los habitantes de una localidad. (Por ejemplo, a los de Frigiliana se les conoce como aguanosos, a los de Riogordo, panzones, etc)
Los dichos populares malagueños tampoco podrían faltar en una obra como ésta (“Ligas menos que la ginebra de la campana, “plenti de la butibamba”, etc). Conocerlos es fundamental para poder interrelacionar correctamente con las gentes de esta provincia “a nivel avanzado”.
No podría finalizar Leyva su nueva obra sin dedicar un espacio a los complejos, hablas y otras consideraciones, a ver si a fuerza de hacer hincapié en el tema por fin los andaluces nos sentimos orgullosos de lo que fuimos, somos y seremos.
Finalmente, en la conclusión, y después de aprender tantas palabras y expresiones, nos relajamos con un bonito paseo por las calles de Málaga, una ciudad tan antigua como acogedora, tan rica en recursos de todo tipo, que, sin duda, nos está esperando con los brazos abiertos. ¿A qué esperas para conocerla a ella y a sus gentes?
Queda patente, una vez más gracias a Leyva, que Andalucía es una, pero muchas a la vez. Cada provincia tiene sus peculiaridades lingüísticas, variaciones interesantes que podemos aprender fácilmente y de forma divertida. No te pierdas esta obra si quieres conocer un poco más a los malagueños y su lengua. O, como diría un autóctono, ¡ehte libro ehtá perita, vieho!
Cristina Monteoliva

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Título: Keith Richards. Biografía desautorizada
Autor: Victor Bockris
Traducción: Ricard Gil
Editorial: Global Rhytm Press
Págs: 512
Precio: 25 €
Si alguien me preguntara los motivos para leer la biografía del guitarrista de los Rolling Stones Keith Richards sin estar especialmente interesado ni en la música del grupo británico ni en la personalidad del biografiado, le contestaría que yo tampoco tengo ningún interés en las esencias políticas del nacionalsocialismo ni en la retorcida y enferma personalidad de Adolf Hitler, pero que considero que acercarme a su vida me permite comprender el infierno que desató. Así, la biografía de Richards a cargo de Victor Bockris permite entender todo un fenómeno cultural del siglo XX, la música rock, y cómo esta influyó en millones de personas en todo el mundo que vieron cambiar radicalmente su modo de vivir y de pensar gracias al arte que músicos como Richards fueron capaces de crear con una guitarra eléctrica y un talento natural para tomar los ritmos negros de Estados Unidos y hacerlos propios. Pocas veces en la historia de la humanidad la cultura de los esclavos habrá influido más en todas las capas sociales e incluso políticas que gracias al rock.
Y uno de sus grandes magos es sin duda este señor llamado Keith Richards nacido, como otros compañeros de generación musical, en pleno fragor de la guerra mundial, bajo la atroz impresión de los bombardeos nazis, y que creció como un niño tímido en una casa donde se interpretaba música, aunque nunca con bastante dinero encima como para conformar su propia discoteca. Sería sólo en la adolescencia, gracias a las escuchas compartidas de discos americanos y al casual reencuentro con un bien establecido Mick Jagger, cuando el futuro guitarrista de los Rolling establecería el canon personal que tanto habría de marcar el sonido rock a un lado y otro del Atlántico: blues sucio de plantación arrancando desde el pionero Robert Johnson; sonidos camaleónicos marca Muddy Waters, R&B de la mejor destilería ilegal de Chicago y rockabilly made in Chuck Berry para darle calor a sus melodías. Esa es la mezcla que con acierto Richards lleva vertiendo en el motor de explosión de la que se autoproclamó en un momento dado “la mejor banda de rock de la historia”, sus satánicas majestades los Rolling Stones.
Y la gasolina es una buena metáfora. Si Jagger es el parabrisas, el descarado símbolo frontal de un grupo icónico y comercial como pocos, y Charlie Watts el firme chásis jazzístico sobre el que la banda ha trotado desde 1963, Richards, con su pinta de pirata desastrado, con sus modales de marinero rudo capaz de tirar a cualquiera por la borda, es la fuerza ignífuga que ha alimentado la sensibilidad de un sonido que se aleja del rock más tabernario para viajar hacia el caliente corazón subterráneo de la raíz, donde las tonadas de los hombres insatisfechos y las mujeres ligeras de cascos crean un paisaje esencialmente violento gobernado por los estallidos de una guitarra húmeda y melancólica.
Su peculiar relación personal y profesional con Mick Jagger, que les ha llevado incluso a ser conocidos como los ‘glimmer twins’ en una extraña simbiosis fraterna de amor/odio irrompible, y su vida íntima con las dos mujeres que más han marcado su existencia –y también su música-, Anita Pallenberg y Patti Hansen, estructuran un libro jalonado en sus capítulos por nombres de canciones: los discos stonianos como melodía constante que se cuela de fondo, haciéndose especialmente presente durante la grabación de su ópera egipcia ‘Exile on Main Street’ en la mansión francesa de Nellcôte, obra maestra grabada en medio de dosis ingentes de heroína, alcohol y suciedad. Porque si su sonido se repasa, critica y desmenuza, también figuran en primer plano los excesos de todo tipo, drogas, adicciones y accidentes que han ido dejando los profundos surcos que Richards exhibe hoy en la cara, todo un mapa del siglo XX. Bockris no oculta ninguno de los cuelgues de Richards, casi los cuenta con delectación: el número de inyecciones y el número de copas de whisky, sus días enteros sin dormir repasando una y otra vez el riff principal de ‘Jumpin’ Jack Flash’, su canción favorita del repertorio Stone, para, mezclándola con la música clásica y el reagge, su pasión tardía, dar a luz a la veintena de discos que jalonan la madura, coherente y superlativa carrera de la ‘bigger band’.
Insisto. ¿Para qué leer la biografía de Richards? Como cuando pincha un disco al final del día con una cerveza en la mano cuando uno está harto de todo, también de vivir, se puede viajar a mundos más divertidos de colocones graciosos, vidas exageradas de hotel en botella y televisores volando por la ventana; también para disfrutar con el pulso y el buen ojo de un escritor avezado en el mundo musical que sabe enredar como pocos en la madeja de un mundo ya atractivo de por sí, con su leyenda de caballos salvajes trotando entre cuerdas y retumbos de batería; pero sobre todo, para entender que detrás de cada acorde, de cada arreglo de metales, de cada filtración de voz, hay una vida allí de discusiones y desplantes, de bronca y enamoramiento, de mujeres retorcidas y composición en soledad, horas de trabajo hasta romperse los cuernos. Bockris invita finalmente a volver a escuchar todos los discos de los Rolling con oídos nuevos y esa es, quizá, su mejor virtud. El libro musical mide su calidad si es capaz de empujar a alguien a cerrarlo, encender la cadena y dejarse perder en el estruendo de la felicidad.
Iván Alonso

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Título: Che Guevara. Una vida revolucionaria
Autor: Jon Lee Anderson
Traducción: Daniel Zadunaisky y Susana Pellicer
Editorial: Anagrama
Págs: 792
Precio: 25 €
Varios anécdotas me han sucedido mientras pasaba los días enfrascado leyendo ‘Che Guevara. Una vida revolucionaria’, de Jon Lee Anderson, la mejor, más objetiva y completa biografía del mito del siglo XX Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el ‘Che’, como tituló Paco Ignacio Taibo II en su nada imparcial summa vitae en rojo, panfleto ideológico que destiñe al lado de la correcta biografía del gringo interesado en el prototipo del guerrillero latinoamericano.
La primera ha sido tropezarme de frente una vez más con el mito fosilizado y comercial del comandante argentino. Caminaba meditabundo por la calle con el libro bajo el brazo cuando un hombre cruzó la carretera conmigo llevando una camiseta con su rostro férreo y soñador inmortalizado para siempre en la mítica fotografía de Korda, que recorre el mundo entero desde la forma de vestimentas a mecheros baratos. Al momento tuve la tentación de acercarme para conocer qué sabía acerca del hombre cuyo rostro llevaba impreso en su ropa. ¿Quería con ello anunciar su intención de abandonar todo posesión, familia incluida, para forjarse como ‘hombre nuevo’ socialista, tal y como el Che hizo, exigía y aseguraba ocurriría? ¿Defendía acaso la lucha armada guerrillera como única vía para cambiar la sociedad? ¿O creía en la destrucción física del poder norteamericano para organizar el mundo desde bases más justas, fraternas y solidarias? Por supuesto ninguna de estas tres preguntas hubieran obtenido respuesta; sin embargo son los pilares sobre los que se organiza el pensamiento guevarista: una visión del mundo teórica, marxista, en blanco y negro, en la que los oprimidos alcanzarán el poder por vías violentas a través de la lucha guerrillera y el surgimiento mediante la educación revolucionaria de la ética superior, del ‘hombre nuevo’, que abandonará sus vicios mundanos para entregarse en cuerpo y alma a la causa del socialismo internacionalista revolucionario. Conceptos complejos como para asumirlos por llevar sólo una camiseta, prueba de que hoy en día el Che se ha convertido más en objeto de consumo ideológico destinado a cubrir la cuota de necesaria rebelión interna que en figura en torno a la que discutir posibilidades politológicas.
La segunda fue el choque entre el concepto que la gente tiene de los hechos, obra y vida del Che, y el personaje real tras el mito y la pose fotográfica. A menudo estas se reducen a una serie de ideas preconcebidas,: Guevara era distinto y mejor que el politiquero Fidel Castro y acabó teniendo divergencias con el líder de la Revolución cubana; el Che nunca hubiera permitido, de seguir vivo, la posterior deriva del estado cubano; el personaje histórico que más se parece a Ernesto Guevara es Jesucristo; Fidel hizo todo lo posible por desembarazarse del Che y por ello lo envió a una muerte segura a Bolivia para poder intensificar sus políticas autoritarias.
Siento desilusionar a los forjadores de mitos y a los que se arrodillan ante Guevara y echan pestes de todo lo que les huela a revolución. Ante todas estas leyendas urbanas la biografía de Anderson es clara:
-El Che jamás discute las ideas de Fidel, del que es fiel seguidor hasta el punto de preocupar y molestar a su madre, Celia de la Serna, encarcelada en Argentina durante los años sesenta como sospechosa de ser una quintacolumnista de su hijo. Sólo en la disensión temporal de Sierra Maestra ante la estrategia política con el Movimiento 26 de julio, el Che muestra cierto descontento –del que luego se arrepentirá en su carta de despedida-, pero, al revés de lo pensado, se debe a que Fidel no se muestra lo bastante duro y comprometido con la ideología socialista, como la que ya el ‘radical’ (sic) Guevara profesa.
-De no haber muerto en Bolivia a manos de la CIA, Che Guevara no sólo hubiera aprobado punto por punto la evolución del estado comunista cubano, sino que es de temer que hubiera exigido incluso mayores dosis de doctrina y compromiso, dados sus actos como miembro del Gobierno. Si se juzga a Raúl Castro como un duro del sistema, como una gerontocracia inmovilista en el poder, hay que creer que el comandante Guevara hubiera estado a su lado exigiendo políticas más radicales y autárquicas con menos deriva capitalista siguiendo el modelo chino. Como prueba, Anderson describe el cerrojazo que las carreras humanísticas sufren a manos del Che tras el triunfo de la Revolución para beneficiar las técnicas. La explicación no puede ser más diáfana: hay que proporcionar ingenieros a la isla para forzar su industrialización en estricta aplicación de la doctrina marxista más rígida.
-De creer que el personaje histórico de Jesucristo es aproximado a como lo describen los evangelios, poco tienen que ver el profeta palestino y el guerrillero latinoamericano. Guevara predica un mensaje de moral de combate, de lucha constante, de la vida entendida como guerrilla, en el cual su cosmovisión final es ver en armas a los desposeídos de la tierra contra la tiranía imperial encarnada en Estados Unidos, y para ello está dispuesto incluso a jugar con la amenaza del holocausto nuclear con tal de derrotar al que el cree el causante de todo el oprobio e injusticia que existen en la tierra. Como ya digo, de tomar por válidos a los poco fiables evangelistas, nada más apartado del afable profeta-curandero que predicaba la mansedumbre de espíritu y el poner la otra mejilla como vía para alcanzar la salvación y el triunfo de los pobres en un utópico reino de los cielos.
-Por último, Lee Anderson sanciona que a Fidel no le interesaba en absoluto desprenderse de su fiable socio y amigo personal, y que no sólo hizo todo lo posible por convencerle de que no iniciara su lucha guerrillera en la verde Bolivia, sino que trató de ayudar a las unidades infiltradas más allá incluso de lo que era prudente para su seguridad internacional: la acusación nada velada de Bolivia a Cuba ante la Organización de Estados Americanos (OEA) de estar invadiendo su país con mercenarios enturbió mucho las relaciones de la isla revolucionaria con sus vecinos y aumentó tanto su aislamiento como su dependencia económica e ideológica de la URSS.
Como en ese programa de televisión en el que se cazan mitos mediante experimentos prácticos, Lee Anderson rescata en su biografía al hombre de la leyenda y del icono comercial que ha perdido todo su sentido para volver a dotar de sangre, nervios y realidad lo que ya parece sólo un rostro más de consumo, tan inexpresivo como el hombre que nos vende los cereales desde una caja de colores. Este Che ríe, duda y se enamora, envía cartas a sus familiares y se confiesa angustiado por la dimensión de sus propias ideas, cierta aura de grandeza y trascendencia que lo embarga como si intuyera el papel relevante que la historia le va a reservar a quien, incluso en medio de la manigua, seguía pareciendo “sólo un muchacho de clase media bonaerense”.
Iván Alonso

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