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Título: A Diez Mil Años Luz
Autor: James Tiptree Jr.
Traducción: María Pilar San Román y Fernando March
Editorial: Grupo AJEC
Págs: 254
Precio: 16,95 €
Si tuviéramos que poner banda sonora a “A diez mil años luz”, de James Tiptree Jr., cogeríamos a Jean Michael Jarre, el animoso de los campos magnéticos que muchas veces me coloco en el lector de CDs cuando limpio la casa; a Constance Denby, la de la grandiosidad celestial y la completa ubicuidad espacial, que también me pongo para meditar mientras limpio la casa; y al Jeff Barry del chispeante tema del año 60 “The face from outer space”, donde mi mala comprensión del inglés hablado no me permite diferenciar claramente ni las preguntas ni las respuestas del pobre marciano cuya voz parece salida de un pedal gua-gua, y que parece no estar pasándolo muy bien por estos lares.
Es seguro que no sabré trasladar fielmente algunas de las virtudes técnicas de este libro, si tenemos en cuenta que he leído poca sci-fi. Pero no hace falta ser un lumbreras para decir esto: es un libro de calidad literaria más que suficiente, que puede llenar de satisfacción lectora a un segmento amplio de público, desde el que nunca ha mirado un renglón de ciencia ficción hasta al entendido más purista. Porque parece que todo quepa en este volumen. En determinados relatos uno se tropieza con el guiño ácido-festivo de una Dorothy Parker que un buen día, metida en camisa de once varas (James Tiptree Jr. no es un hombre, sino el seudónimo de una escritora Alice B. Sheldon), se sentara a escribir ciencia ficción: “Socorro”.
Luego está la deformación patafísica, la convivencia surrealista-real-absurda del Boris Vian de “La espuma de los días” en “Las puertas del hombre dicen hola”.
Y también el lado más filosófico, el más oscuro, el más arcano para los lectores ocasionales de sci-fi que se oferta en “Sabio en el dolor”, o en “El hombre que volvió” (con razón se armó tanto revuelo hace poco con el acelerador de partículas del CERN y el agujero negro), que no dudo harán las delicias de los entendidos.
James Tiptree Jr. o Alice B. Sheldon, se explaya en el oficio de la escritura, deja de lado los aspectos más “hard” o ininteligibles para un lector poco curtido en los terrenos de la ciencia ficción, y tomando algunos elementos de la space opera (marcianitos a los que caricaturiza), demuestra su pulso literario en relatos como “Os somos fieles, tierra, a nuestra manera”, y rinde un matemático, perfecto, impecable tributo a los clásicos en “Una eternidad en la bahía de Hudson”.
Hay también relatos no exentos de una crítica velada y mordaz quizá a los usos y costumbres “terranas”, como el afán de la competitividad que es la materia principal en el citado “Os somos fieles, tierra, a nuestra manera”, Y a la diplomacia o las prácticas inoperantes de una diplomacia que evita mojarse para aprovechar todos los ríos revueltos, y que sale a colación en “Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía”.
“Nacimiento de un viajante” no recuerda desde luego a “Muerte de un viajante”, la obra teatral Arthur Miller. Pero tampoco es un título muy orientativo sobre la naturaleza final del relato. Así que uno no sabe si podría ser un guiño cómplice a aquel que sufrió la caza de brujas o por el contrario la figura de este agente de aduanas espacial es una ironía feminista hacia este dramaturgo que el tiempo que estuvo casado con Marilyn Monroe la hizo sentirse inferior. Una estupidez como otra cualquiera, esta de buscar relaciones, por que lo que importa es el relato, ligero, divertido, y con cierto aire a astracanada.
Esos aspectos duales, ese terreno resbaladizo no permite afirmar que “A diez mil años luz”, sea un solo libro, o un libro cómodo. Y no me refiero a lo incómodo de tener que leer “Mamá vuelve a casa”, incomprensible relato en el que debe haber fallos de imprenta, porque en una colección impecable no se explica una traducción llena de incoherencias que parece hecha con uno de esos traductores automáticos de Internet, tipo Tarzán. Página 52, se habla de Tillie, una lingüista que trabaja en el mismo departamento de inteligencia que el protagonista: “Tillie a los quince había recibido el tratamiento completo de una banda callejera. Lucha de navajas, vivir o morir… la historia de siempre. Ellas la habían acondicionado tan bien como si fuera, excepto por una cuantas interesantes líneas blancas en su bronceado, y una pared de dos metros entre ella y cualquiera que se afeitara. No lo mostraba la mayor parte del tiempo; tenía una bella y sincera, y seguía llevando sus viejos vestidos y jugaba a ser tímida. Pero en su interior estaba permanentemente en una guerra de guerrillas”.
El relato citado y un gazapo en “Súbenos a casa” (en la página 241 Hobie tiene “unos vivaces ojos grises debajo de un pelo rubio…” y ya en la 243-244 “Clavó la mirada en los ojos de color avellana claro de Hobie…”), sólo son manchas. La incomodidad a la que me refería, no viene a ser ni más ni menos que un efecto, el necesario efecto que todo relato/libro debe provocar en el lector. En este caso el lector taxonomista intentará por todos los medios poner una etiqueta al conjunto, pero le va a ser imposible agarrarse a un asidero porque estamos ante un producto rupturista e inclasificable que excede los límites de la ciencia ficción. Y a decir de los entendidos, también ante la mejor obra de la autora.
La naturaleza resbaladiza, lo dual vociferante-subterfugio también reside a partes iguales en “Súbenos a casa”. Página 244: “Habían estado hablando de la situación mundial, que por aquel entonces era bastante próspera y apacible. Es decir, unos setenta millones de personas se morían de hambre, varios países desarrollados se mantenían gracias a tácticas policiales de terror, se luchaba por cuatro o cinco fronteras, la patrulla encargada de mantener la seguridad en el barrio había herido gravemente a la asistenta de la familia de Hobie, y la escuela había instalado una alambrada electrificada y reforzado su patrulla con dos perros. Sin embargo, ninguno [sic.] de las naciones importantes estaba esgrimiendo armas de fisión, y la tregua entre Estados Unidos, URSS y China era una realidad desde hacía veinte años.” Es la narración más “realista” del conjunto, y en ella planea el tema eterno de la identidad, pero de modo subterráneo pareciera criticar la política exterior norteamericana (no debemos perder de vista que la escritora abandona su trabajo en la CIA en 1955, y probablemente sabría lo que se empezaba a fraguar).
En “Historia de la luz”, la más que interesante obra de divulgación del también escritor de ciencia ficción Ben Bova, se nos desvelan los múltiples aspectos de la luz. Entre otras cosas, que no es universal, tiene un efecto diferente en cada persona, al final casi es una cuestión de gustos. Los quince relatos de este “A diez mil años luz”, solo absorben luz, no la emiten. Pero el otro día leí algo de Punset sobre las cosas que no admiten explicación, y de qué manera no nos acostumbramos a esa idea de lo no explicable. Aunque este libro no emita luz, desde luego brilla con luz propia. Algo inexplicable para Punset. Algo grande para la literatura: que como en un mecanismo cuántico, a la vez coexistan diferentes nichos ecológicos de la ciencia ficción a los que los distintos lectores puedan acceder solo con un agujero de gusano que se llama página.
José Cruz Cabrerizo
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