LA BIBLIOTECA IMAGINARIA
Tu web de recomendaciones literarias
PresentaciónLa BibliotecaSala de ExposicionesEnlacesContacto
La Biblioteca
Conversando en diferido con FLAVIA COMPANY
30/03/2009 10:52:45

Esta semana en que reseñamos el último libro de relatos de la escritora Flavia Company  publicado recientemente por Páginas de Espuma, aprovechamos para echarle el lazo (también corredizo) y conseguimos que respondiera a unas cuántas preguntas. Afortunadamente no hubo que apretar el nudo para que hablara.


Es demasiado comprometido, pero ¿a quién dejarías con la soga al cuello?


No soy quién para dejar con la soga al cuello a nadie. Cada cual se encuentra con la suya, tarde o temprano. ¿Justicia poética?


En los Cuentos Completos de Grace Paley (a quien citas en tu blog), nos encontramos una especie de desplegable de Faith: personajes que se relacionan con ella y en un relato aparecen de forma tangencial, luego tienen su propio relato. Tú dices que tus libros no nacen de la acumulación, de la suma de relatos, sino de una estructura, de un concepto. Me gustaría que explicaras esto.


En efecto, no escribo cuentos sueltos que después colecciono en un volumen, sino libros pensados como un todo, que a veces son novelas y a veces son cuentos. Las novelas quedan vertebradas por una historia y un tono. Los libros de cuentos por una mirada y un concepto.


Tú que das clases de escritura creativa,  ¿podrías decirme qué consejos de los que se escuchan en un taller no debería seguir uno nunca?


Consejos, ninguno. Hay que atender a las informaciones objetivas, referentes por lo tanto a recursos narrativos, elementos técnicos. Y recordar que el mejor taller del mundo es la lectura apasionada. Y la humildad.




© Laura Zorrilla


Barcelona, Buenos Aires y Baires.  Si habláramos de comodidad, ¿supera la ficción a la vida real? Quiero decir, si sirve de algo saber que vivimos en un mundo atroz.


Según cómo se miren las cosas, nada sirve de nada. Pero también es verdad que a no todo el mundo le sirve lo mismo. Vivimos en un mundo atroz, pero también en un mundo maravilloso. Es importante, sí, ver las dos caras de la moneda.


Dice el periodista peruano César Hildebrant: “Hay escritores de enorme talento sobre los que pesa, sin embargo, la desgracia de carecer de firma. Son buenísimos pero jamás le sacaron al idioma una franquicia que les permitiese algunas exclusividades (que en eso consiste el estilo, no me digan”. ¿Cómo definirías tu voz narrativa?


Me gustaría pensar que tengo una mirada que se refleja en mi voz. No me atrevo a asegurarlo, sin embargo. Digo que me gustaría.




                                                                                 




A propósito del relato  La criada”. Parece que en él  se retratara el proceso creativo literario. ¿Es el escritor una “Paqui” y el lector una “Doña Encarna”?


No lo había pensado desde ese punto de vista, pero desde luego es una interpretación muy interesante. “La criada” muestra cómo nos descontrola, nos acongoja y nos angustia el secreto del otro, su diferencia. Cómo el poder no soporta no tenerlo todo bajo control.


En relación a la pregunta anterior: ¿Hay un punto G. de la información, un punto de inflexión en que la información no es cuestión de supervivencia sino de placer? Y en caso de que así sea, ¿por qué has sido tan malvada de no descubrirnos qué demonios hace la Paqui en el secretismo de su habitación? ¡Si por lo menos subiera el volumen de la televisión en vez de bajarlo, podríamos haber elucubrado!


El lector se identifica con la señora Encarna. Para que así ocurra, debe padecer la misma incertidumbre que ella. En cierto modo, es verdad, la Paqui soy yo, quien escribe. Es interesante, insisto, esa lectura que has hecho sobre el cuento.


© Laura Zorrilla


En “En tránsito” creo adivinar el rastro de tu admirada Clarice Lispector. ¿Has identificado la fuente de tus influencias?


Clarice Lispector es sin duda una lectura que me ha influido mucho, si bien es verdad que la leí años después de haber empezado a escribir y que, cuando lo hice, descubrí a una escritora próxima, muy cercana, que hacía que me sintiera menos sola. No obstante, he aprendido mucho de ella y, a buen seguro, algunos de mis textos la evocan.


Por último, si tienes algo que añadir este es el momento.


Muchas gracias por tu interés. Me ha gustado mucho tu aproximación al libro. Ha sido un placer contestar a esta entrevista.


José Cruz Cabrerizo

CON LA SOGA AL CUELLO. Fñavia Company
30/03/2009 10:47:31

Título: Con la soga al cuello


Autora: Flavia Company


Editorial: Páginas de Espuma


Págs: 139


Precio: 14 €


1 - No se debe mentar la soga en casa del ahorcado.


2 - No se debe dejar jugar  a los niños con las bolsas de supermercado porque no son un juguete y se corre el riesgo de asfixia.


1-1 - Lo primero no está escrito más que en el subconsciente colectivo.


1-2 - Lo segundo sí, sobre las bolsas de camiseta, pero en letras tan pequeñas que no se dará cuenta, no las podrá leer hasta que el niño/niña no se haya puesto la bolsa en la cabeza y ya morado haya perecido por asfixia. He ahí un elemento no biodegradable que sin embargo se cobra una vida.


¿Le parece terrible el punto 1-2? ¿Sobrepasa los límites de su umbral de sufrimiento? Siento no haber puesto esas advertencias al uso que avisan de que este texto contiene palabras que pueden herir su sensibilidad y todo eso. Pero todavía estoy a tiempo de advertirle esto: si no quiere que le salga urticaria en la zona donde quiera que se  cobije esa, su sensibilidad, será mejor que no abra el libro de Flavia Company.


Y si se decide a leerlo no se confíe de lo que parece una prosa bienintencionada. Ahórrese la pregunta que le va a asaltar cuando lleve leídos unos pocos relatos, esa que dice: “¿Dónde está toda la casquería de sucesos terribles que adelanta el título?” Debo decir que yo caí en la trampa. La lectura de un libro implica una actitud, y la mía era la equivocada. Programé el piloto automático de mi barco (ahora la trampa la pongo yo, porque es una cochina y envidiosa mentira, no tengo barco, pero la autora sí, que para eso es patrón de yate), y me puse a surcar con total placidez por las páginas de esta obra. Y todo ello sin acordarme de Hemingway y su teoría del iceberg, ni saber que me iba a dar de narices contra uno de ellos, porque este libro es engañoso como un iceberg que de sus cinco partes solo muestra una, falso como un iceberg, que tiene dos caras, la exterior y la sumergida. Este libro, aunque se encuaderne en uno solo, por mucho afán unitario que tenga, es en realidad dos, con lo cual no estoy estigmatizándolo, sino señalándole ese hecho objetivo que usted tener en cuenta: no dejarse engañar por la suavidad primera.


El primer libro (espero que la autora me permita la licencia)  es el de las frases muy largas, que fluyen pausadas como ríos llenos de meandros. En su libro los personajes son personas, y ahí posa la autora esa mirada de la que habla, y este es uno de los elementos que a mi juicio más vigor da al libro. Ellos, los personajes son los que tienen la fuerza de la narración aunque en realidad sean meras marionetas del destino y las circunstancias los engullan en sus vórtices. En una entrevista Flavia Company trata de quitarle importancia a sus logros, lo minimiza diciendo que claro, que como recoge tantos personajes eso es lo que hace que nos sintamos en sintonía con alguna de sus criaturas, que con alguno coincidiremos... Pero yo no me lo creo. Cualquier libro de relatos tiene mínimo tantos personajes como relatos, y libros de relatos más gordos que el suyo hay a espuertas, y uno no establece con ellos una comunión tan íntima, no los lleva en la cabeza después de cerrar el libro. El asesino de “La condena” todavía me ronda en la cabeza, en la aberración estadística de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado.


Yo aventuraría que se ha valido de los materiales que otros escritores desechan por poco glamourosos, por domésticos, por cotidianos, por poco rebuscados. De modo que una mínima idea, una frase, cualquier cosa le vale para conseguir cercanía: En “Una vida en común” hay una pareja de lesbianas  ancianas. “Bien, ¿y qué tiene eso de particular?”, se preguntará. Pues que cualquier otro autor habría dado un rodeo grandísimo para contar por ejemplo cómo esconden su condición sexual, pero aquí ellas no lo ocultan, simplemente la gente cree que son hermanas. Todo lo que se ahorra, y al final no hay camino más creíble que el que ella toma. Y ahora fíjese bien, nadie hubiera descendido hasta un nivel de detalle como este: sólo una de las dos ha cotizado a la Seguridad Social y cobra pensión, un dato tan tonto pero tan útil, pues da plena visibilidad al personaje, vale por cincuenta datos de otro tipo. Para mí, qué quiere que le diga, son finísimos trazos voluminosos que hacen palpitar un relato. En “Azulejos”, narración en primera persona, la protagonista dice: “Me muerdo con cuidado un padrastro”, y luego se enreda en disquisiciones sobre lo que duele después un padrastro mordido, e incluso detalla los elementos que componen la lista de la compra, y eso en un día en que sabe que puede recibir en forma de noticia el zarpazo más grande de su vida, el peor imaginable.


Flavia Company además ha depositado en el contenedor azul del papel las acartonadas rigideces administrativas del relato: usa frases larguísimas, incluye incluso algunos juegos de palabras  (p. 19 “Pues no tendremos una situación boyante, vale, pero bollera sí que lo es, no me lo negarás, ¿eh?”), o (p. 37 “Era mi madre. Para saber si ya sabía. El saber no ocupa lugar”). 


En cuanto a la naturaleza de esta primera parte del libro, es muy variada, lo que tiene su importancia para mantener la atención lectora. Desde la introspección a lo Lispector de “En tránsito” o “El río”. “El ascensor” recuerda a uno de Dino Buzzatti recogido en su libro “El colombre” y en el que una pareja se sube en uno con el diablo, si no recuerdo mal. Tenemos relatos inteligentes con un tufillo de humor (“Las víctimas”), de humor-intriga y maestría en el uso de la contención informativa (“La criada”, al que yo elegiría como el mejor de todo el volumen), y una serie de relatos más contundentes y de precipitación a los abismos del tiempo (“Padre e hijo”, un relato que uno no lee, se proyecta en la mente del lector como una sucesión de fotogramas, lo está viendo,  también “Baires” en lo referente al desgaste que produce el tiempo y los deseos no cumplidos por la falta de un último impulso). Hay personajes que tienen tiempo de asomarse antes  a los precipicios de la muerte (no voy a decir cual para no chafar el relato, pues la información no llega hasta la mitad del relato). Crónicas del desamor y la desintegración de los propios principios (“Rodajas de limón”), de asunción de la culpa (“El pelo”, en el que la narradora en primera persona no se corta un ídem). Pero lo cierto es que en esta primera entrega siempre caemos sobre un suelo enmoquetado de ternura, la autora les pone red. El optimismo y quizás una esperanza subterráneos vertebran estos relatos en los que se sale con la sensación del “lo que tenga que ser será, y aquí estoy yo para recibirlo. Por lo menos estoy”. De los catorce relatos que componen este bloque primero solo prescindiría de “Con luz verde”. Lo que no deja de ser una cuestión de gustos, como bien sabrá.


¿Recuerda el inicio de esta reseña? Un dicho popular, ¡ah, bien! y luego una frase terrible, desagradable, que el lector no se espera. Bueno, pues así es este libro. Como un mangle cuyas raíces sumergidas quedan al descubierto con la marea baja. Esas raíces visibles son una pequeña porción comparadas de árbol comparadas con el tronco, (sólo cinco relatos componen esta que yo he dado en calificar como segunda parte), son como dedos esqueléticos horandando el lecho limoso (son como puñales que se clavan en el lector confiado, que se instaló hace mucho rato en aquel sufrimiento de baja intensidad y ahora recibe un pinchazo en el ojo).


Pienso que “El jardín” debe estar de este lado de la raya. La dulce abuelita apocada que bien avanzado el relato, cuando ya nos está meciendo en su runrún, se da la vuelta para que veamos a Norman Bates con el cuchillo. Ella no gasta armas blancas, solo unas tijeras de podar con las que aniquila su jardín, pero porque ha explotado en ella toda la soberbia, el afán de ostentación, el orgullo que tanto tiempo logró controlar. O quizá es una catarsis para escapar de aquello en lo que tuvo que convertirse. Cada quien naturalmente lo entenderá de una manera, no es un caso cerrado.


Hay algo inquietante en “La réplica”. Y eso a través del juego de espejos que Flavia Company sabe establecer tan bien. “La carnicería”, ahí se ejemplifica lo que le estoy contando de los espejos, pero a eso se suman las palabras y frases de doble sentido, los sobreentendidos (más bien ocultación), las dos historias, la que se cuenta y la que no se cuenta que fluye por los subterráneos, pero que en este caso no aflora al final, sino que se nos queda ahí, pudriéndose como la carne.


Si de este bloque me dan a elegir uno tendrían que dejarme tomar también “Jacobo”. Si le digo que es la historia de un maltratador convertido en asesino le parecerá un tema recurrente, de conveniencia. Pero ya sabemos que todo está escrito, no inventamos nada, pero sí podemos contar de otra manera, y eso es lo que ella hace. No puedo argumentar más porque de todas formas es un relato que se defiende solo.


Ya lo he dicho: al principio creímos que los relatos no iban a honrar al título que los agrupa. Y si de palabras se trata podíamos jugar con ellas: Flavia Company,  Flannery O’Connor.  Flavia Company andaba unos pasos por detrás de Flannery O’Connor en cuanto a las maldades a que somete a sus personajes. En ninguno de los relatos de O’Connor hay un personaje que tenga salida, que pueda escapar de la ratonera, absolutamente todos carecen de asidero. Uno se decía “Company es más benevolente con los suyos”. Hasta el momento que deja de serlo, de sopetón, a bocajarro, en esa segunda parte en que nos agarra por las solapas y nos zarandea y nos arroja contra la pared y ahí sí que encontramos la soga: no la veíamos porque la teníamos en el cuello, cerrándose para cumplir la condena, que no “La condena”, el relato de efecto que cierra el volumen, pero que inaugura nuestra pesadilla. 


José Cruz Cabrerizo


LA CAZA DEL CARNERO SALVAJE. Haruki Murakami
30/03/2009 10:45:30

Título: La caza del carnero salvaje


Autor: Haruki Murakami


Traducción: Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala


Págs: 336


Precio: 9,50 €



El vaso puede estar medio lleno o medio vacío. En muchas ocasiones, los que tendemos al pesimismo, pensamos que las cosas no nos pueden ir peor, nos compadecemos de nosotros mismos y maldecimos nuestra pésima, suerte sin pararnos a ver lo que podemos aprovechar de la situación en la que nos encontramos. Porque las cosas puede que no sean tan realmente malas: hay que saber encontrar lo bueno, las oportunidades, dentro de ellas. Y sino, que se lo pregunten al protagonista de La caza del carnero salvaje, del autor japonés Haruki Murakami.


El protagonista de esta novela tiene una ex mujer que puede que aún quiera; una amiga especial con unas orejas fascinantes; un socio borracho que se muestra como un ser sensible y recto cuando no lo está; un amigo de la adolescencia que no ve desde hace años, pero que le ha dado por mandarle cartas raras; un gato viejo al que no se molesta en ponerle nombre y una enorme preocupación por esos treinta años que cumplirá en pocos meses. Todo empeora cuando, a petición del amigo que le envía cartas, este traductor, habitante de Tokio y metido también a publicista, edita una bucólica foto de la que el secretario de un conocido mafioso japonés viene a pedirle cuentas, además de encargarle una misión casi imposible que llevará a nuestro hombre hasta uno de los lugares más fríos y recónditos de Japón.


Ésta es una historia narrada por el propio protagonista, ese ser apático, tan vago que ni nombres nos da de casi ninguno de los personajes que le rodean en su aventura y que, sin embargo, nos regala reflexiones y descripciones de lo más interesantes. No podría ser de otra manera: nadie mejor que él mismo para contar su historia, ese pasado y ese presente que tanto hacen mella en su personalidad, siempre con un estilo atractivo para el lector.


Nos encontramos ante una personalidad compleja, sin lugar a dudas. Este protagonista nuestro, este hombre que suele comer en los bares tortillas y bocadillos, leer a Sherlock Holmes y fumar unos cuarenta cigarrillos al día, no es para nada una mala persona; aunque tampoco se puede decir que sepa siempre actuar de la mejor forma posible con los que comparten la vida con él. Su desidia es siempre más fuerte que cualquier otro sentimiento que pueda experimentar. Y para colmo de males, es consciente de ello. ¿Será entonces capaz de cambiar antes de cumplir los temidos treinta años?


Muchos y variados son los personajes secundarios (algunos de ellos, ya los hemos mencionado): un secretario que no parece humano, un chófer que habla con Dios, una mujer con tres empleos con sus orejas como mayor atractivo, el dueño de un hotel al que nadie va, el padre del dueño del hotel (que resulta ser más raro que su hijo), un hombre carnero… La lectura no sería lo mismo, no resultaría tan interesante y divertida, si alguno de estos excéntricos actores faltara.


Como comprobaremos a lo largo de las páginas de esta obra, La caza del carnero salvaje, esta novela que hoy comentamos, no es sólo una historia de aventuras en busca de un animal imposible de encontrar, un carnero de una raza extraña que pocos ojos humanos han tenido el privilegio de admirar; sino también el viaje hacia el pasado y el presente de un hombre aún joven que no es capaz de asimilar los cambios en su vida, un viaje en busca del “yo”, de la madurez y hasta de la paz interior, siempre intentando afrontar la nueva década que en breve se le avecina. Porque, como muchos ya sabemos, a veces no es posible seguir adelante si no zanjamos ciertos temas, ciertos asuntos pendientes que nos condicionan en nuestra vida diaria, que nos pesan como una losa cargada a la espalda.


El vaso puede estar medio lleno o medio vacío. O, simplemente, puede estar ahí para que nos bebamos el agua. Quizá sea bueno pensar mucho en ciertos temas que tenemos pendientes, o quizá de vez en cuando haya que mirar hacia delante sin más. En todo caso, las conclusiones que se pueden obtener después de leer La caza del carnero salvaje pueden ser muchas. Así pues, ¿a qué estás esperando? 


Cristina Monteoliva


ALEGATO DE UN LOCO. August Strindberg
30/03/2009 10:43:12

Título: Alegato de un loco


Autor: August Strindberg


Traducción: Cristina Ridruejo Ramos


Editorial: El olivo azul


Págs: 288


Precio: 22 €



“Este libro es atroz”, escribe Strindberg en el prólogo de esta novela. Me costó casi doscientas páginas entender por qué.


Según parece, August Strindberg fue acusado de dilapidar la dote de su primera mujer, la anterior esposa de un barón y actriz teatral mediocre. Ante esa acusación, vox pópuli en el Estocolmo de su época (escribe en el prólogo que se llegó a publicar un artículo en un periódico al respecto), y con la intención de justificarse ante sí mismo, decide contar paso a paso cómo fue su relación con esa mujer de nombre María.


“Lo que necesito absolutamente es saber. Y para ello voy a hacer una profunda, concienzuda y científica investigación sobre mi vida” (p.24).


Estructurada en cuatro partes, nos encontramos ante la historia del fracaso de un matrimonio, fracaso que, si hacemos caso al texto, se debe única y exclusivamente a la forma de ser y comportarse de la mujer. Así, con un desarrollo cronológico lineal, que empieza en 1875 y acaba en 1888, encontramos:


- Parte I: el origen de la relación entre los dos protagonistas del libro de forma pormenorizada, quizá excesivamente pormenorizada. Y por supuesto, desde el punto de vista subjetivo de él. Es la parte más difícil de leer, cuesta cogerle el pulso. Profuso en descripciones, muy romántico (tanto por lo que cuenta como por la forma de contarlo y la imaginería que presenta), pero cruel y contradictorio. Hay que leerlo con los ojos de finales del XIX, de la lógica de la época y de la sociedad que refleja. Prosa impecable que hoy resulta un tanto recargada.


- Parte II: mucho más corta, nos hace testigos de la caída, de la pérdida del amor. Sólo dos meses después de que ella abandone al Barón, dice:


“Ahora empezamos a darnos cuenta, por una y otra parte, de cuanto hemos perdido” (p.165).


Se difumina la imagen de la amada (pasa del “era” al “ya no era”, para poco después cargarla de insultos y definirla con expresiones como “me da asco”); sin embargo, concluye esta segunda parte de forma sorprendente: como la ha dejado embarazada, le pide matrimonio.


- Parte III: el matrimonio no es más que un infierno. Constantes riñas, vejaciones, infidelidades… Strindberg se retrata como un alma superior, una intelectualidad elevada por encima de la zafiedad y la mediocridad de su mujer y cuantos la rodean («Me paso los domingos con dos imbéciles y un perro», p.209). ¿Ironía consigo mismo? ¿Un ego descomunal? También va dejando muestras contradictorias de sus sentimientos, porque poco antes ha dicho:


“La amo hasta el punto de importunarla […] todo es perdonado, todo es olvidado: soy feliz, y le confieso imprudentemente que no podría vivir sin ella y que mi existencia pende de un hilo cuya madeja sujeta ella” (p.207).


Tras una serie de escándalos, que incluye relaciones lésbicas, borracheras, etc. decide que deben irse a París.


- Parte IV: al principio, París se convierte en un refugio para él y en territorio hostil para ella. Siguen las peleas, y es en esta parte donde suelta todo su discurso que, de forma incontestable (él mismo lo señala), le hizo ganarse su fama de misógino.


Estamos ante el final de la relación. Se consuma la separación, pero al poco vuelven a unirse, si bien con una intención clara en la mente de él: captar de la mejor forma posible los hechos para llevarlo a papel, algo que se resume en las últimas palabras de la novela:


“Ahora la historia está acabada, Adorada mía. Me he vengado, ya estamos en paz” (p.287).


Se hace indispensable volver a las páginas iniciales para intentar entender el caso en toda su plenitud. Pero, ¿cuánto nos podemos creer a Strindberg? ¿Cuánto de lo que cuenta fue real y cuánto se debía a la esquizofrenia que padeció? Porque hay comentarios del mismo autor que nos plantean dudas:


“¡Entonces se le ocurre convencerme de que estoy «alienado»! Según ella, mis sospechas provienen únicamente de un cerebro exhausto” (p.227).


“Un periódico lanza un eco en el que demuestra al público que me he vuelto loco” (p.229).


“Guardo silencio durante tres meses consecutivos. Al cabo de ese tiempo, descubro con horror que mi voz se ha extinguido […] los primeros síntomas de las manías persecutorias ven la luz” (p.243).


“Me jura que ese ornamento frontal, soy el único en verlo; que no existe en el dibujo, que me obstino erróneamente” (p.253).


¿Qué ocurrió realmente? Sea como fuere, «Alegato de un loco» se nos presenta como un documento interesantísimo, como el punto de vista de un hombre de finales del siglo XIX que no quiere adaptarse a los cambios que estaban produciéndose en cuanto al papel de la mujer, que por un lado critica a la sociedad que señala de forma negativa estos cambios pero por otro se suma a estas críticas. Víctima o verdugo, Strindberg legó un texto que desde el punto de vista sociológico puede resultar muy útil y productivo.


Raúl Rubio Millares


CONTENTO DEL MUNDO. José Sánchez Pedrosa
30/03/2009 10:40:44

Título: Contento del mundo


Autor: José Sánchez Pedrosa


Editorial: Ediciones del Viento


Págs: 112


Precio: 14 € 


Hay noticias que no pueden pasar desapercibidas, por impactantes que son. Algunas, además, nos resultan totalmente increíbles, por lo surrealista de su desenlace. ¿Y no podría ser que estas noticias que nos acompañan a diario, o al menos algunas de ellas, se merezcan una vuelta tuerca más, o hasta dos? En Contento del mundo, de José Sánchez Pedrosa, puede que encontremos la clave.


Contento del mundo, con este título que ya en sí es una declaración de intenciones (o del estado de ánimo del autor cuando escribió estos cuentos, según como se mire) no es otra cosa que una recopilación de un total de cuarenta y cuatro cuentos de no más de tres páginas cada uno de ellos, escritos todos con el mismo estilo, directo y atractivo, y con predominio del presente como tiempo verbal, para conseguir una mayor cercanía (aunque también haya cuentos escritos en tiempo pasado).


Como ya avanzábamos en el párrafo introductorio, todos estos relatos tienen algo muy importante en común: parecen inspirarse en noticias sacadas de la sección de sucesos de cualquier periódico de este país, como si el autor se hubiera dedicado a recopilar las noticias más llamativas para luego darle forma de narración no periodística. De hecho, después de leer muchos de estos cuentos, estoy segura de que más de uno pensará algo así como: “¿No leí yo esto no hace mucho en tal o en cuál publicación?” Y es que la realidad supera la ficción, y si bien es cierto que no tengo ni idea de si alguna de estas historias ha sucedido en nuestro mundo, lo cierto es que no me extrañaría lo más mínimo.


Siguiendo con las similitudes que unen a estas piezas, diremos que los títulos de las mimas suelen ser igualmente cortos y, por ende, totalmente aclaratorios e impactantes: “Autovía”, “Perros”, “Saga”, “Alcalde”, “Monos”…Señalaremos, también como dato importante, que Galicia está muy presente en todas y cada una de estas páginas, incluso cuando algún protagonista se niegue a ello (“Esquizofrenia”).


En  cuanto a los temas, los hay casi para todos los gustos, aunque algunos se repiten. Hablamos, por ejemplo, del mundo del profesorado (“Partículas muy pequeñas”, “Docencia”) en el que el desánimo está a la orden del día; o del de la política (“Palabras”, “Tulipanes”, “Manifestación”, “Condado”, “Parque de atracciones”, “Paleto, machista, cabrón”), en el que casi todos son unos hipócritas. El autor no se olvida de la locura (“Docencia”, “Ejército”, “Monos II”, “Televisión”, “Atentado”, “Embrutecimiento”, “Carnaval”), que puede vivirse de muchas maneras, tantas como seres humanos distintos existen; aunque especialmente llamativa y preocupante se vuelve cuando afecta a toda una colectividad (“Reyes Magos”, “Manifestación”, “Monos III”, “Himno a la alegría”), haciendo que las personas hagan cosas en masa que nunca habrían hecho de forma individual. Abundan los fenómenos inexplicables, casi paranormales (“Saga”, “Alcalde”, “Fraternidad”, “Orientalismo”, “Celebración”, “Autovía”). Con algunas situaciones, a pesar de su desenlace, no podremos evitar reírnos, pues parecen un chiste (“Amistad”, “Granito”, “Cataratas”, “Funeral”). Aunque con otras, las más crueles, esas que nos demuestran la frialdad del ser humano cuando se trata de conseguir sus intereses por encima de todo y de todos, sentiremos hasta vergüenza de pertenecer al género humano (“Llagas”, “Monos”, “Fuego”, “Minusvalía”, “Estudios nocturnos”, “Himno a la alegría” ).


Contento del mundo, en definitiva, es un libro de cuentos inolvidables, tanto por el estilo de su prosa, como por lo variado de los temas y la relevancia de los mismos. Este libro, sin lugar a dudas, nos hará reflexionar sobre el mundo en el que vivimos, acerca del camino que el ser humano está tomando. Porque algunas situaciones son inevitables, pero, ¿seguiremos cruzados de brazos ante todas aquellas en las que podemos intervenir de manera positiva? ¿O acaso seguiremos quejándonos del estado de las cosas sin hacer nada de nada por solucionarlas?


La situación del mundo actual no es como para estar contento, la verdad. Pero, como decimos los medioambientalistas, “piensa en global y actúa de forma local”; es decir, cualquier contribución para cambiarlo, buena es. Y, por lo pronto, si lo que quieres es cambiar una tarde aburrida, un viaje largo o una espera interminable por un rato realmente entretenido, no dejes de leer Contento del mundo.


Cristina Monteoliva


Reseña con entrevista: CODEX 10. Eduard Pascual.
23/03/2009 9:58:39

Título: Codex 10


Autor: Eduard Pascual


Editorial: Roca


Págs: 240


Precio: 16 €



Tras haber leído Codex 10 tengo el placer de escribir esta entrevista-reseña. El viernes anterior a la salida de la obra, en la librería Laie (Pau Claris) de Barcelona, charlamos de la misma con Eduard Pascual.


Conocí a Eduard en 2008, cuando Codex 10 aún no era la realidad que es hoy. En esta entrevista-reseña añadiré los comentarios de otros autores que también pudieron leer la obra o partes de la obra antes de que encontrara la comprensión, inteligente, de Blanca Rosa de Roca Editorial.


Eduard es un trabajador incansable, que durante muchos años de vida laboral se dedicó a la investigación criminal en la Policía de la Generalitat-Mossos d’Esquadra. Una enfermedad auditiva lo retiró del servicio ordinario en 2005, lo apartó del servicio público, aunque está en activo administrativamente, a la espera de la segunda actividad. Pese a los galardones en 2003 por el cuento “Julia” y, en 2007, por “el sonido del silencio”, en el XII Certamen Literario Vargas Llosa NH de Relatos, la clave del éxito ha sido el tesón, la lucha y la fe que inspiran este ejemplo de superación personal, literaria e investigadora. Por muchas razones es un placer charlar con él.


En la mesa de al lado tres mujeres conversan sobre la primera ecografía de una de ellas. Bromeamos con el hecho de que tanto ella como Eduard van a tener un “hijo”, y surge la primera pregunta: ¿por qué en castellano? ¿Por qué escribir sobre la policía catalana en otra lengua?


Eduard Pascual contesta: “Escribo tanto en catalán como en castellano, pero literariamente respeto mucho la dificultad que conlleva hacerlo bien. Respeto y defiendo la lengua donde sea, pero no quería que esto fuera una cuestión de política lingüística. No me siento con la calidad necesaria para escribir en catalán lo que escribo en castellano”.


Estoy de acuerdo con Eduard y ambos valoramos el trabajo de los traductores. Pasamos a la referencia inevitable a Paco Camarasa.


Eduard responde que: “el género negro no es el género negro sin hablar de Paco Camarasa, quien es una de las máximas autoridades en España e internacionalmente, además de ser librero, comisario de la Barcelona negra, es quien regenta la casa del género. Negra y criminal es un hogar para el autor de novela negra, el crisol donde se funden las diversas corrientes que vigorizan el género. Eduard está deseando conocer a Juan Escarlata de Madrid”.


Comentamos “Julia”. Fue galardonado en el V concurso de cuentos de la Generalitat de Catalunya. Trata de una patrulla de Mossos d’Esquadra que localiza un bebé en el interior de un contenedor de vidrio al pie del museo Dalí.


Eduard señala que “es cien por cien ficción, pero puede suceder en cualquier momento”.


En “Jubilación de un mecánico” la investigación en torno al asesinato presenta a los protagonistas principales, y el modo de trabajar en la Unidad de Investigación de la Comisaría de Figueras. Se inspira en el caso de Josep Sardó, asesinado con una barra de hierro en su taller el 31 de enero de 2003.


Eduard recalca que en dicha narración quiere “explicar la unidad desde la escala más básica, el agente”.



De “Jubilación de un mecànico” el escritor Fernando Marías comenta: “¿Cómo definir ese género a medio camino entre el relato largo y la novela muy corta donde el lector conoce las enigmáticas circunstancias, aparentemente inexplicables o incluso inverosímiles, de un asesinato, y avanza con el investigador hasta descubrir el misterio? Es un género clásico, hoy lamentablemente olvidado, que carece de nombre propio. A mí me gusta decir que nos lleva a la primera juventud, cuando leer no era buscar literatura altísima, sino desentrañar apasionadamente, página a página, una trama oculta. Este género glorioso sin nombre lo practicaron Poe, Conan Doyle y Woolrich, entre otros. Y para mí, que siempre busco puertas nuevas hacia aquella vieja juventud, ha sido un placer inesperado comprobar, gracias a Jubilación de un mecánico, que hoy y aquí también cultiva ese género Eduard Pascual.”


Para el escritor José Luis Muñoz éste es un: magnífico relato. Eduard transforma en pieza literaria la resolución de un crimen. Realismo en los procedimientos policiales, costumbrismo en la descripción de personajes y ambientes y una maravillosa factura atrapan al lector y lo meten en los entresijos de la investigación.”


Hablamos con Eduard de La Fresca Francesca”, donde intenta “mostrar el punto de vista de las luchas internas, los roces físicos y psíquicos en la comisaría”, mientras el agente Doménech intenta discernir quién ha atracado a la señora Francisca en plena vía pública.


El escritor Julián Sánchez Camarazana alaba la construcción de La Fresca Francesca y comenta que: “tras la torpe ingenuidad de Francisca se esconden y matizan raciones de miedo, angustia y sordidez. Todo ello sustantivado de un buen registro literario, madura contextualización, calidez, fina ironía y sedosa crítica social no exenta de un quantum de acidez”.


Continuamos con Eduard y “El día de los inocentes”, donde el agente Quim Lloveras lucha contra todo sentimiento para poder desentrañar la muerte, aparentemente natural, de un niño de tres años en el hospital comarcal de Figueras. La narración se inspira en el caso de Nieves Rodríguez Domínguez, la joven de 21 años que el 28 diciembre de 1997 asesinó a su hijo, ingresado en el hospital, habiendo asesinado ya a otro hijo cuando vivía en Galicia. Eduard comenta que este caso fue descrito por Claudia Pujol en Diario de un forense, y que él no ha tratado de basarse en algo, ha intentado ser “lo más infiel a la realidad para contar lo más cierto que hay en ella”.


De “El día de los inocentes”, la periodista de “El Punt”, Tura Soler, comenta que: “el mito de Medea, la madre que mata a sus hijos para intentar recuperar a su marido infiel, se hizo realidad en Figueres. Un mosso con buen olfato policial y mejor condición humana descubrió el secreto de la madre homicida. El don del autor por la narración nos concede el privilegio de entrar en la piel y la mente de unos personajes reales como la vida y dignos de entrar en el campo de la mitología”.


En “El alienado” Figueras está siendo saqueada por un peculiar ratero que no puede rendirse a su depravado instinto. Para el cabo Flores es un caso más en la larga lista de delincuentes de la ciudad, pero para la cúpula policial es un caso que hay que resolver de inmediato. Se inspira en el caso del ladrón que en 2002 saqueaba los tendederos de Figueras y se llevaba como preciado botín para sus intereses fetichistas las bragas de las mujeres.


Eduard revela que la narración trata del “por qué a veces hay casos a los que no se presta suficientemente atención, del cómo piensa alguien que no está bien de la cabeza, de un caso que puede hacer reír y que no quiere nadie, pero que debe ser solucionado. Lo que llamaríamos una patata caliente”.


De “El alienado”, el escritor Raúl Argemí destaca que: esta historia, que nos recuerda con ironía lo mal que hace la televisión y lo infelices que pueden ser algunos seres humanos, esclavos de sus compulsiones, resume un axioma tan contundente como los puños de Casius Clay: algunas profesiones necesitan del humor, porque mirar sin esas gafas el costado más feo de la gente puede amargarle la vida a un santo.”


Hablamos con Eduard de la narración “Amor policial”, que muestra que el amor nace en cualquier lugar, incluso en medio de una investigación por agresión sexual. Eduard apunta que “une el extremo de la agresión sexual con el enamoramiento. Trata de personas, situaciones, sentimientos que exploran a quien hay dentro del uniforme”.


De “Amor policial”, la escritora Rosa Montero ha comentado que es un “cuento que te hace sentir la impotencia y el miedo de la víctima atrapada” y que es “estupenda la escena del violador al otro lado de la puerta”.


El séptimo caso, “el necrófago”, se inspira en el caso de unos chicos que profanaron una tumba, hicieron caldo con los huesos de la difunta y se lo bebieron. Eduard apunta que incluso “Iker Jiménez lo recogió en sus programas televisivos. El hecho es claro y concreto. La trazabilidad del producto llevó en la realidad más lejos que en la ficción. La trazabilidad permite seguir el producto por el código de barras, el lote, a dónde fue a parar, el distribuidor, los detallistas, y determinar la tienda donde pudo venderse. Sin embargo, la narración se sustenta en lo que somos capaces de llegar a hacer las personas en grupo, los preparativos, el acto, y en el hecho que un crimen pueda quedar impune. A veces el trabajo policial lleva a una vía muerta”.



De “El necrófago”, el escritor Amir Valle destaca que “el humor, ese que nos salva de ser totalmente bestias, es lo más notable en este cuento, y la limpieza de la prosa, y la buena construcción de los personajes... todo lo cual rompe la idea que muchos tenemos sobre la brutalidad de los policías y nos muestra, en este caso, que Eduard sabe contar, y bien, las historias.”


Por su parte, el escritor José Carlos Somoza destaca los personajes creíbles y la trama bien construida, “las narraciones de Eduard Pascual demuestran que es posible escribir lo que hasta hace muy poco nunca se escribía en España".


El octavo caso, “Arte gitano”, se inspira en el robo de unas pinturas de Maria Blanchard, valoradas en un montón de millones, que viajaban en camión con una carga de camisas, que era el objetivo de los ladrones que saquearon el trailer, en una de las paradas durante la ruta. En la narración el cabo Flores debe utilizar los contactos dentro de la comunidad gitana de Figueras. Eduard intenta mostrar cómo “por ahorrarse el precio de un transporte especial unas obras de valor incalculable acaban en manos de personas que no les dan ningún valor, y cómo se desarrolla una investigación criminal donde no se investiga nada, y todo se resuelve por un confidente”.


De “Arte gitano” el escritor Carlos Salem dice que: “siempre he pensado que la intriga no es lo más importante en un relato de intriga, sino la humanidad de los personajes. Y en Arte Gitano destaca esa difícil empatía que Eduard logra provocar con la figura y la actitud de Flores; su indecisión sentimental que contrasta con la ausencia de dudas a la hora de actuar como policía, y la visión de la ley desde ambos lados de una línea que -Flores lo sabe- no siempre está bien definida.”


El noveno caso, “Bandoleros”, es la historia de una banda que asalta los camiones del butano, en carreteras secundarias del Alt Empurdà y ponen en jaque a la Unidad de investigación, sin acabar de resolverlo al gusto de todos. Eduard comenta que “hubo casos reales de atracos a camiones de butano. La carretera secundaria que lleva a la planta de butano en Figueras favoreció, por la oscuridad, que a punta de pistola y con caretas de Frankestein se llevaran a cabo los atracos”.


De “Bandoleros”, el escritor Andreu Martín señala que pocas veces la figura del hombre de acción va unida al hombre reflexivo, capaz de narrar y analizar sus actos con serenidad, firmeza y arte. Ésta es una de esas pocas veces”.



Llegamos al último caso, “Carpe diem”, que despide la obra con la presentación de la próxima novela, en la que el cabo Flores se enfrenta a un asesino en serie con una extraña inclinación por la literatura y las nuevas tecnologías. Por ello Eduard recalca que “Carpe diem es una forma de despedir al lector, que podrá seguir los pasos de esta unidad en la novela que ya está escrita”.


De “Carpe diem” comenté, y reitero lo dicho, que en apenas unas pocas páginas, este relato no sólo despide este libro de forma brillante sino que perfila el mundo de un policía con las piezas esenciales que invitan a construir el puzzle de la futura novela de Eduard Pascual.


En resumen, Codex es el indicativo que utilizan los servicios de investigación en el Cuerpo de Mossos d'Esquadra, y 10 son las historias, las miradas, los relatos que nos sumergen en esta novela negra, de casos, ambientada en la comarca del Alt Empurdà.


El sargento Montagut, Monty, y sus investigadores garantizan la seguridad ciudadana y el orden público. Se enfrentan humanamente a los casos criminales: el taller mecànico, los santos inocentes, la violación de Amanda, el necrófago, el pervertido, los bandoleros, o, entre otros, el arte en el barrio gitano del Culubret.


Sentimos vivir a Flores (el Harry Calahan a la catalana), Rovira, Sonia, Quim, Arnau, Yara, Leo, o a la juez Iturdazi. Familiares como el ruido de las tragaperras, el mundo de carne y huesos que huele a realidad, o el aliento de la tramontana que nos roza en medio de la comisaría de Figueras.


Pero con la habilidad que tiene Eduard para el misterio era inevitable preguntar: ¿De qué va? ¿De qué trata la próxima novela? Y el autor nos avanza que: “es una novela totalmente de ficción, en la que interactúan los personajes de la unidad, sin un protagonista claro, en la que todos tienen su protagonismo como en la vida real. En ella un asesino en serie pone en jaque a todo el Cuerpo de Mossos d’Esquadra. ¿Cómo se desarrolla la investigación? ¿Cómo puede un asesino poner en jaque a todo el Cuerpo de Mossos d’Esquadra? ¿Cómo situará Flores a sus hombres para descubrir al asesino? Las respuestas las obtendrás con la lectura de las 300 o 400 páginas que ya esperan edición”.


Puesto que dicha novela está en fase de revisión por el autor, os invito a disfrutar Codex 10, la obra que ya puedes leer, tener entre las manos y cuyos lectores no dejan de aumentar. En ella, la realidad y la ficción nos conducen a los callejones donde se homenajea a uno de los policías más emblemáticos del Cuerpo, el sargento Minobis, quien fue jefe de investigación. Historias, miradas, relatos que nos hacen disfrutar: queremos capturar a los criminales, queremos volver a comenzar, queremos ser parte de Codex 10.


Bienvenido al mundo de carne y huesos, reflejado con tinta, papel y maestría. Bienvenido a la novela que, según Paco Camarasa, “faltaba y que hacía falta en la narrativa negrocriminal en  castellano. A un libro que queremos especialmente porque demuestra que a veces los sueños se convierten en realidad”.


¡Bienvenido a Codex 10!


Rubén García Cebollero

LA FUNERARIA. Juan Luís Cano
23/03/2009 9:52:45

Título: La funeraria


Autor: Juan Luís Cano


Editorial: Espasa Calpe


Págs: 243


Precio: 18,90 €



Admitamos que, aunque todos los trabajos son igualmente dignos, hay unos cuantos que la mayoría de nosotros no estaríamos dispuestos a realizar hoy en día, a no ser que nos encontráramos en una situación de máxima necesidad o se nos pagara una buena suma por ello. Muchos de estos empleos tienen que ver con la muerte, con todo lo que tiene que ver con eso de preparar al que ya se ha ido de este mundo para el viaje al más allá. De este tema saben bastante los actores de La funeraria, la nueva novela de Juan Luís Cano de la que hoy hablamos.


Celso Marqués tiene una funeraria en propiedad bajo su casa, una mujer severa, unos cuantos hijos legítimos y un par de ellos ilegítimos. Tras su triste y temprana desaparición, muchos serán los cambios que llegarán a la vida de la familia de Celso, todos tan particulares como interesantes (sobre todo para los lectores de esta novela).


Hay títulos que se dan al engaño. Éste, sin duda, es uno de ellos. Porque la funeraria que nos presenta el narrador de esta historia (ese curioso tipo que tan bien conoce a todos los habitantes de la casa de Celso Marqués, así como al resto de seres que plagan estas páginas; el mismo que no puede evitar desesperarse ante lo que a veces ve, y lanzarnos sus propias opiniones, convirtiéndose, así, en un personaje más), no puede decirse que sea un sitio muy serio, sino más bien todo lo contrario. Y es que ya se sabe: en casa de herrero, cuchillo de palo; y si bien el oficio que les ha tocado en herencia a los progenitores del difundo señor Marqués es lo que es, los personajes no pueden evitar tampoco comportarse como ellos verdaderamente son. ¿Y cómo son estos personajes? Habría que trasladar la pregunta al ya nombrado narrador, a ese ser que tanto afán pone en relatarnos, uno por uno, los mejores episodios de esta familia, siempre llenos de anécdotas de lo más estrafalarias, regadas con un sentido del humor de riguroso negro luto. Lo que no sé es si estaría dispuesto a contestarnos, puede que haya acabado un poco harto de todos ellos.


¿Qué seguís queriendo, entonces, saber algo más sobre estos personajes que nos acompañarán a lo largo de la lectura? ¿Y por quién centrarse, si son tantos y variopintos?: un empleado con una uña que da grima, una madre que no para de engordar, un anticlerical convencido, una joven demasiado seria que al final se lanza a la aventura, un noble que vive en el manicomio pero que sale de él cuando le da la gana, una médico cotilla, un cura adicto al anís, un hijo ilegítimo un tanto pillo, un señor mayor que espera todos los días en la misma funeraria a que la muerte le lleve al otro barrio… Imposible no cogerles cariño a todos, con sus virtudes y sus pequeños defectos.


Diremos que, sin embargo, y a pesar de tanto personaje imprescindible en esta divertida novela, la verdadera protagonista de esta historia no es otra que la propia funeraria, ubicada en un barrio de Madrid en los años sesenta, en la que se centran casi todos los episodios de esta obra. Al fin y al cabo, ¿no es ella también la culpable de todo lo que pasa? ¿No sería todo muy diferente si el padre hubiera dejado en herencia una carnicería, una farmacia o una mercería?


La funeraria, en definitiva, no es otra cosa que una novela fresca y tremendamente divertida (probablemente la más hilarante de la temporada) que nos viene a demostrar que las cosas, a veces, no son lo que parecen, y la vida puede conducir a las personas por caminos muy distintos,  a menudo muy complejos.


Probablemente, después de leer este libro, tu idea de lo que debe de ser una funeraria cambie ligera o totalmente. Pero el asunto es ése: que te decidas a leer este libro, que descubras los entresijos de La funeraria, y pases tan buen rato como lo he hecho yo. Porque, eso sí, la risa y la diversión te aseguro que las encontrarás seguro.


Cristina Monteoliva


MALAS. RELATOS DE MUJERES DIABÓLICAS. Varios autores
23/03/2009 9:50:11

Título: Malas. Relatos de mujeres diabólicas


VV.AA


Traducción: Marta González Megía y Marta Vela González


Editorial: Lengua de Trapo, 2008


Págs: 349


Precio: 23,50 €



Yo tuve una maestra que decía que Cervantes iba leyendo los papeles que encontraba por la calle. Y por eso se hizo tan buen novelista. No voy a decir que el hecho me traumatizara, pero cuando años después descubrí que en ese tiempo no existía el buzoneo y que la imprenta era todavía en España una máquina menos conocida que el potro de tortura, me dio por pensar  en cuantas cosas más me habrían engañado. Llegué a la conclusión de que en lo que más nos habían mentido es en los miedos. El primer terror inculcado en los niños de aquel tiempo giraba en la órbita del sacamantecas o tío del saco. Y el último pánico, el que ya no nos metieron ni a golpe de confesionario (no estoy hablando del onanismo, que en el mejor de los casos provocaba acné y en el peor la ceguera), se refería a una variedad con muchas  ramificaciones: la fresca, la lagarta, la buscona, o la “mujer de la vida”, en su grado más abyecto. 


Yo era como Cervantes, lo leía todo, todo, todo. Y como en mi barrio no teníamos uno de esos quioscos donde cambiar tebeos ni novelas de Marcial Lafuente Estefanía, me dedicaba a mirar los tebeos una y otra vez, hasta saberme de memoria lo que contenía cada bocadillo… Y también los prospectos de las medicinas. De ahí que ya a una tierna edad pudiera hablar de la tetraclicina, desplazada por la amoxicilina ahora en los vademécum y los prospectos, gram positivos, gram negativos...


Esta introducción tan larga e innecesaria me ayuda a apuntalar dos cosas. La primera es que  mi manía de leer los prólogos (que arranca de los tiempos de la tetraclicina), tiene sus ventajas. Porque algunos prólogos son para todos los públicos, meten en harina al lector poco aventajado, le adelantan datos precisos sobre la estructura, morfología, y marco histórico de la obra que tienen entre manos. Su trabajo le habrá costado a la editora y prologuista Marta González Megía reunir y poner en valor estos diecisiete relatos de autores norteamericanos, ingleses, franceses y españoles, cada uno en su onda, y luego elaborar un minimanual sobre el relato de terror, que contiene el literal de segmentos de discursos teóricos muy interesantes.


Lo segundo que me permite decir aquella introducción anterior, es que tras haber leído el libro coincido con la prologuista: “La maldad femenina es, pues, una coartada de los autores para invitar al lector a compartir fantasías (de tipo sexual, las más abundantes)”. Y sí, abundan las mujeres bellísimas, arrebatadoras, las descripciones contenidas aunque incendiadas, extensas y detalladas. Todos los relatos (excepción hecha de Mary Shelley y la española Pardo Bazán) son de hombres. Varones, víctimas quizá del machaconeo insistente de madres, tías y abuelas, que los llevó a temer y desear a las malas fifty fifty. Si quiere malas de verdad, de las que hay que temer, no pase por alto esta nómina de malas malísimas ordenadas cronológicamente  a lo largo de nada menos que cien años. ¡Que el Señor nos coja confesados!


Vampirismus de E.T.A. Hoffman abre el volumen, y, siempre para mi gusto, aunque está muy logrado peca de una introducción demasiado larga y de un desenlace muy rápido.


A Ernst Raupach, autor de Dejad descansar a los muertos, ni siquiera lo había oído nombrar, tal es mi desinformación, pero sin embargo preciso decir que es uno de los relatos que me ha impresionado. Primero porque le da la vuelta al título del libro: en el fondo el verdaderamente malo es el mismísimo Walter, que trunca el sueño eterno de la pobre Brunhilde. “Tú eres el asesino”, dice ella tras su resurrección, al que fuera su insaciable y tórrido esposo antes en la vida y ahora en ese terreno difuso en que ella se encuentra. Y es que el lúbrico Walter, denostado con disimulo por el narrador, no escucha las advertencias del brujo. Y así termina, (“¡Pobre Walter!  Obsesionado en el placer…”, p. 36, línea 4).


Los autores de biografía más célebre son los que me han entusiasmado menos. Quizá los autores que tanto se nos “venden” al final terminan por no cubrir las expectativas que se nos crean. La cámara de los tapices de Walter Scott, centrado en una aparición fantasmagórica tiene como el anterior un estilo recargado y unas descripciones extensas, pero que en este caso resultan excesivas, entorpecen, y ello quizá porque los elementos ornamentales que llenan los espacios físicos que con tanto detalle se describen nos son ajenos. Los diálogos tienen un estilo trufado de “barreras de tratamiento formal”, de “apreciado camarada” y otros apelativos que ralentizan. El final sin embargo es poco solemne, y hasta contiene  cierto guiño de humor.


Lo anterior (un nombre relevante que crea demasiadas expectativas) es aplicable al relato de  Mary Shelley, El sueño, al que lo onírico hace un poco confuso en ocasiones. No obstante tiene de bueno que muestra una vertiente diferente de la “¿maldad femenina?”. Aquí la “maldad” no reside en lo sobrenatural, en lo irracional, sino en lo tangible. La falta de  la protagonista (cuya condena le viene aplicada por  su propia conciencia, la misma que la culpa y la conmina a seguir sus impulsos a partes iguales), es de esta tierra: se debate entre unirse o no al hombre que supuestamente participó en la muerte de su padre y de su hermano, ¿qué hay de cierto o no en sus sospechas?. También es de esta tierra la crítica que dirige a la religión (p. 87, línea 14 “Encomendar su conducta a las inspiraciones de la religión o de la superstición, si es que puede llamarse así…”)


La muerta enamorada de Théophile Gautier es todo lo contrario, en el sentido de que el nombre de Gautier no lo asociaba a un escritor tan contundente, tan impresionante como el que se nos muestra en este relato. Como aquella mariposa que soñaba ser un escritor que soñaba ser una mariposa, etcétera, aquí hay un cura  o un juerguista mujeriego. Uno sueña con el otro, uno vive una vida por el día y el otro por la noche. Un relato magistral en donde no hay nada claro, salvo el hecho de que cuando es hombre hay un sacerdote que lo acusa, y cuando es sacerdote hay un hombre que lo incita a pecar (p. 100 “Yo no sé si la llama que los iluminaba procedía del cielo o del infierno…”). Las confesiones del sacerdote nos muestran otra vez que el realmente culpable es el hombre: hace de la mujer su objeto de adoración a la que ve seductora, adorable, coqueta, con un cuerpo admirable… Y otra vez se devuelve a la vida a una muerta, otra vez se interrumpe el “ciclo natural” de los muertos. Con una trama excelente engancha y mueve a la reflexión sobre el peso de las obligaciones sociales y el deseo de satisfacer las expectativas que tienen puestas en uno.


Si de Prosper Mérimee todos sabemos que es el padre de “Carmen”, y todos hemos tarareado alguna vez la ópera de Bizet, todos deberíamos leer La venus de Ille. Con unos diálogos ágiles, un lenguaje directo, un discurso por momentos picante (en oposición a los anglosajones), unos personajes muy bien dibujados y acoplados en su entorno del Rosellón, su lectura resulta amena e inquietante, y el final no tiene desperdicio: la estatua metálica hallada al pie de un olivo, y  que devuelve los golpes que recibe, termina fundida en campana y que se sepa, durante dos años extiende su maldición a los viñedos en forma de helada.


Temo resultar excomulgado, perder lectores, recibir anónimos amenazantes y ser tachado de las listas de amigos del Facebook. Pero qué le vamos a hacer, en ocasiones me cansa la escritura enfática de E. A. Poe, y de su Ligeia  se me hicieron bastante duras de roer sus nueve primeras páginas. Y además el relato se parece bastante al de Ernst Raupach, pues aquí también hay una amantísima esposa que muere, y una segunda esposa que muere y que parece que a punto de resucitar hasta en tres ocasiones al final parece transformar su cuerpo en el de la primera esposa.


Charles Dickens en Confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II no defrauda. Hay un juego en el que el narrador nos engaña: primero creemos que la inquina que sufre el protagonista de parte de su cuñada es infundada, gratuita. Al final se descubre que quizá la “cuñada mala” intuía la depravación, la maldad latente en el hombre que al final se convierte en asesino del hijo de aquella, en verdugo de su sobrino, con tal de hacerse con la herencia que el ahora huérfano de su hermano y cuñada atesora. Limpio y sin florituras, es uno de los que merece considerarse mejores.


Historia de un muerto contada por él mismo de Alexandre Dumas se arma en algo parecido a un relato matriushka en el que un narrador narra lo que otro narrador cuenta una tarde en el estudio de un pintor. Varias reflexiones del diablo sobre la necesidad que el mundo tiene de su existencia, una bellísima mujer que como es natural hace perder el sentido de la realidad al narrador narrado. Al final todo resulta ser una burla del primer narrador.


Hace ya muchos años que leí algo de Gustavo Adolfo Bécquer, y la verdad es que este relato, Los ojos verdes supone un redescubrimiento de aquel al que en tiempos sentencié al olvido y clausura de la estantería. No sólo cambian los tiempos, también el gusto de los lectores. Rectificar es de sabios, aunque por mucho que la mona se vista de seda, el rectificador no se hace más listo.    


De Alphonse Daudet es Las hadas de Francia. Una vieja a la que tratan de loca y que dice ser un hada, es enjuiciada por un intento de incendio. E incendiario es su discurso, que toma a las hadas como excusa y las considera víctimas de un racionalismo que las expulsa de la naturaleza transformada en una simple posesión más de la que los hombres se creen ya únicos usufructuarios.


La mujer alta para Pedro Antonio de Alarcón no es otra que la misma muerte, que parece ir estrechando el lazo en torno al protagonista de la narración, pero que al final, como en un juego del gato y el ratón (aunque con final conocido), la mujer alta deja de lado como si hubiera perdido todo el interés en él.


Guy de Maupassant al lector le hace pasar un buen rato con este relato dinámico, de final sorpresivo, el más moderno en cuanto a su forma y tratamiento. Pero al protagonista de La muerta lo que le proporciona el autor es una noche de miedo y desesperación. El marido protagonista pretende (se supone) una noche junto a la tumba de su amada. Llama la atención que Maupassant describa tan bien los síntomas y la causa de la muerte de la esposa, apartándose del elemento más pasional y fantástico.


El ritmo inexorable del tiempo es quizá el núcleo, y una vampira la excusa para El misterio de Ken, el relato de Julian Hawthorne que hace del tiempo su materia prima, aunque tiene una lentitud y un recargamiento más parecido al que lucen los primeros relatos del presente volumen.


Una mujer celosa, posesiva, pasional, y más aún quizá fogosa, ardiente, (p. 312 “pasión de vampiro”, “morbosas aberraciones”, “Y basta, que al buen entendedor…”) se salva de morir ajusticiada gracias a la fortuna de la familia. Aquí ya sí que consideraría fundados los temores de mi madre: un labrador, arrendatario de fincas suyas, que no guarda con ella relación de ayuntamiento carnal ni percibe de esta mujer más que miedo, que es lo que le infunde al pobre, ejecuta el crimen del marido y la consiguiente ocultación del cadáver. Y luego, pues eso, que termina en el cadalso (el labriego digo, que por cierto tenía una hija jamona de la que la mujer sospecha). Estoy hablando de Los buenos tiempos de Emilia Pardo Bazán, autora a la que frecuento por vez primera y que me sorprende agradablemente.


El penúltimo relato de este volumen tan completo, variado y representativo de esos cien años de relato Angeline o la casa encantada de Emile Zola. Lo bueno de estas antologías es que uno puede descubrir ciertas delicatessen, y el relato de Zola me lo ha parecido. Tomando como protagonista una casa, ocurre algo parecido a la vuelta de tuerca en que Henry James nos mantiene: que uno no sabe qué hay de verdad y qué de sugestión, si el protagonista finalmente ve una  niña o un espectro.


Nuevamente un autor archiconocido deja un regusto raro. Puede que al final del libro uno llegue ya confuso o quizá desorientado, o que ya no preste tanta atención a lo que está leyendo, pero el caso es que El invitado de Drácula de Bran Stoker, el relato que cierra este libro resulta un poco enigmático en su final. Decir confuso quizá sería demasiado atrevido por mi parte.


El otro día leí en el Yahoo! que en Venecia habían recuperado el cadáver de una vampira. La colección “Rescatados” de la Editorial Lengua de Trapo no recupera una, sino algunas más. Y con bastante acierto, ya lo creo, porque ya sabemos que las buenas van al cielo, y las malas a todas partes. De modo que se las puede uno llevar adonde quiera. Metidas en este libro.


José Cruz Cabrerizo


LO ÚNICO QUE QUEDA ES EL AMOR. Agustín Fernández Paz
23/03/2009 9:44:52

Título: Lo único que queda es el amor


Autor: Agustín Fernández Paz


Editorial: Anaya


Págs: 176


Precio: 14,50 €



Hay libros que nos dicen poco después de leerlos, o nada, libros que pasan por nuestras vidas sin pena ni gloria. Sin embargo, otros están cargados de sentimiento y significado, de mensajes que se quedan grabados a fuego en nuestras almas lectoras. Algunos de estos libros comienzan a impactarnos ya desde el título. Este es, sin duda, el caso de Lo único que queda es el amor, el libro de relatos de Agustín Fernández Paz del que a continuación hablaremos.


Lo único que queda es el amor, como decíamos antes, es un libro de relatos, compuesto, concretamente, por diez piezas cargadas de sentimiento, en el que los personajes, a veces por su propia boca, a veces por la de un narrador externo, nos dejan entrar en sus vidas para conocer su experiencia con tan noble sentimiento. Las intenciones del autor, sus ganas de hacernos reflexionar sobre el mundo de las emociones, por vivirlas a través de sus páginas, se ven reforzadas con las magníficas ilustraciones de Pablo Auladell. Sin duda, el resultado final no hubiera sido tan magnífico sin esta simbiosis escritor- ilustrador, de la que el propio autor de estos cuentos es consciente y reconoce en el capítulo final, De amores y de libros.


Existen en este mundo muchos tipos de afectos. Así, a lo largo y ancho de estas páginas nos encontraremos ante amores puramente platónicos (Un radiante silencio, Una foto en la calle, Un río de palabras) que harán que la esperanza se avive y alegre la vida de los que lo protagonizan;  primeros enamoramientos, inocentes y puros (Amor de agosto, Ríos de memoria, Después de tantos años), de esos que nunca se sabe como acabarán; amores más allá de la misma muerte (Esta extraña lucidez, Una historia de fantasmas) y romances entre personas que poco tienen que ver entre sí, con gustos del todo diversos (Elogio de la filatelia).


El amor, veremos también, no sólo puede experimentarse entre personas: los animales, por ejemplo, aman incondicionalmente a sus amos (Esa extraña lucidez), por mucho que algunos se empeñen en afirmar que sólo los hombres y mujeres pueden experimentar tales sensaciones. Nosotros, los humanos, además, podemos amar los lugares donde pasamos momentos felices (Ríos de la memoria, Meditación ante el album de fotos familiar), llegando, a veces, a idealizar esos sitios o esos momentos vividos. ¿Y qué más cosas podemos amar con total sinceridad, qué más se nos puede ocurrir? ¿No es acaso la literatura algo que merece la pena querer con toda nuestra alma? Efectivamente, amigos: en este libro no sólo hallaremos la buena literatura que crea Agustín Fernández Paz, sino también citas y hasta párrafos enteros de obras que el mismo autor adora e intenta darnos a conocer, y cuya lista detalla al final de esta obra, en De amores y de libros. Se trata de hacernos querer leer también esas obras, de hacernos explorar los mundos tan fantásticos que el autor ya ha encontrado en ellas y que sabe que nosotros igualmente llegaremos a amar.


Es cierto aquello que los que ya habéis leído este libro estaréis pensando: estas páginas están llenas de nostalgia, esperanzas que no van a ninguna parte, buenos momentos que nunca llegaron a pasar, amores imposibles que no acaban de arraigar, como esos eucaliptos plantados por los montes de ciertos pueblos gallegos. Y, a pesar de todo, ¿no merece la pena vivir todos esos amores, acaben como acaben? ¿No es más importante hacer el camino que pensar tanto en el destino que elijamos? ¿No es verdad que después de todo, de la riqueza, del trabajo, de lo superfluo, lo único que verdaderamente nos llena es el amor, por pequeño que éste pueda ser?


Acabé de leer este libro pensando precisamente en la genial idea que tiene el protagonista de Un río de palabras. Y es que después de saborear todos los relatos de Lo que único queda es el amor, creedme cuando lo afirmo, lo difícil será contener esas irrefrenables ganas de salir a la calle para colgar en cada farola, pared y parada de autobús párrafos enteros de estos cuentos, para que todo el mundo se anime también a leerlos y quererlos como yo ya lo hago.


Cristina Monteoliva 


Conversando en diferido con HIPÓLITO G. NAVARRO
16/03/2009 9:50:49

¿Vives del cuento?


De los alrededores del cuento más bien, como casi todo el mundo que se dedica en nuestro país a esta insensatez de publicar libros de cuentos.



¿Qué te mueve a escribir? ¿Cómo se pone en marcha tu mecanismo?


No lo sé explicar. No lo sabía explicar cuando estaba todo el rato escribiendo, así que ahora, que llevo un tiempo larguísimo sin hacerlo, lo sé menos todavía. Antes, eso sí, el asunto era tan sencillo como coger papel y lápiz y poner una palabra detrás de otra, una frase detrás de otra, hasta ver dónde me llevaban las asociaciones verbales y de ideas. Sobre una buena montaña de fracasos, de textos fallidos, creo que he logrado poner un puñado de cuentos que funcionan, que gustan a los lectores.



Entregas un cuento recién parido a tu lector o lectora de confianza, ¿qué es lo que más temes que te diga?


Los cuentos recién paridos no los entrego nunca a un lector, así sea de toda confianza. Los cuentos recién paridos salen a veces con bastantes flecos y torpezas, así que prefiero dejarlos dentro de un cajón o de una esquina del ordenador y revisarlos cuando ya ha pasado mucho tiempo desde que los escribí, para poder verlos con ojos de lector atento más que con ceguera de autor enamorado de su última criatura. Cuando los considero ya peinados y repeinados los dejo entonces vivir solitos, para que se expongan ellos, para que vivan su vida. Lo que más teme el autor de brevedades es aburrir al lector, cansarlo. Eso es lo que yo más temo desde luego.



¿Qué no perdonas de una crítica?


Que sea el refrito de tres o cuatro críticas que aparecieron antes. Guardo algunas así en mi pedantoteca, y me producen verdadera vergüenza ajena.



¿Qué debe tener un cuento para que llame tu atención? ¿Y para que automáticamente deje de interesarte?


Tampoco sabría explicarlo claramente. Me gustan los cuentos que parecen estar vivos, los que me zarandean, los que no me dejan después de haberlos leído y siguen contándome cosas días o meses o años después. No me dicen nada las piezas que son meramente una redacción correcta pero plana, sin volumen, sin aristas que corten un poquito la respiración.



¿Crees que quedan caminos por recorrer o ya están todas las formas agotadas?


Mi afán desmedido por el juego unido a una necesidad imperiosa de no repetir esquemas, estructuras, o fórmulas, podrá llevarme algún día a un callejón sin salida como escritor de cuentos. Es algo que pienso a menudo. Y que me apena, ciertamente. Pero esto significa tan sólo que podría agotar “mis” caminos, “mis” formas, los que a mí me tocaban en suerte, porque en verdad quedarán siempre infinitos lugares por recorrer, infinitas maneras de contar las historias de siempre. No hay más que leer a los buenísimos cuentistas jóvenes que están apareciendo en nuestro país para sorprenderse de continuo. Leo estos días el manuscrito del último libro de mi querido amigo Javier Sáez de Ibarra y no deja de fascinarme el planteamiento de cada nuevo relato, su enorme talento para la composición.



¿Qué supone en tu obra Fernando Quiñones?


A Fernando y a su obra los conocí demasiado tarde, lamentablemente, cuando ya había publicado yo casi todos mis cuentos. Dediqué diez meses del año 2003 a preparar la edición de sus cuentos completos para Páginas de Espuma. Habían pasado ya cinco años de su fallecimiento. Fue un tiempo maravilloso, como si Fernando se hubiese venido a vivir a nuestra casa para regalarnos su trabajo más íntimo: contemplarlo en su continua reelaboración de un texto como si éste fuese una piedra preciosa en bruto que había que pulir y pulir hasta conseguir el diamante perfecto. De algunos de sus cuentos existen tres, cuatro, hasta cinco versiones distintas. Fue verdaderamente enriquecedor leer, estudiar, comparar esas versiones, sumergirse de lleno en el taller de un escritor tan minucioso y perfeccionista como Fernando.



Si tu hijo te dijera que quiere ser escritor, ¿cuál sería el principal consejo que le darías? ¿Y si te entregara una perfecta novela histórica?


Bueno, a mi hijo, de momento, sólo le interesan la música, los cómics y la Arquitectura, y no se le ven demasiados visos de querer ser escritor. Sí me ha dado un poco de miedo estos días leer un moleskine de los suyos, el cuaderno de un reciente viaje a Londres con sus primas del 92, donde el muchacho apunta buenas maneras para el género. Tendré que consultar a mi buen amigo Eduardo Jordá, que es autor de los mejores libros de viajes del mundo. Si mi muchacho me entregara una perfecta novela histórica, como dices, lo animaría a publicarla... con seudónimo, si no quiere que me haga el loco y simule que no lo conozco de nada.



¿Tienes tabúes a la hora de escribir? ¿Crees que deben existir tabúes en literatura?


Un tabú es un obstáculo, un impedimento, una prohibición, y eso es siempre malo para cualquier arte. No, ningún tabú. El creador tiene que trabajar con absoluta libertad, o dejarlo.



Llevas dándole vueltas a una historia cierto tiempo. Una tarde te pones a escribirla, y cuando estás a punto de resolverla, cuando tienes la conclusión del cuento en la punta de los dedos, llega tu mujer y dice que hay que ir a comprar. ¿Qué haces?


Me voy a comprar con mi mujer, por supuesto. La conclusión del cuento que tengo en la punta de los dedos seguramente es una conclusión demasiado obvia, una conclusión obtenida de la tranquilidad de la escritura, de la ausencia de perturbación en el proceso de la escritura, así que a la conclusión de un cuento le viene siempre bien que llegue mi mujer y me saque de mis casillas, para comprar o para lo que se tercie. Todos salimos ganando, los tres, mi mujer, el cuento y yo. Pero sobre todo el cuento, y con él, los lectores; de eso no me cabe la menor duda.



Dices que hay que tener cuidado con lo que se desea, ¿te queda algún deseo literario por cumplir?


Hay que tener cuidado con lo que se desea porque al final casi todos los deseos acaban cumpliéndose. Aun así, conociendo esta gran verdad, deseos literarios tengo un montón, y los alimento sin cortarme un pelo. Pero no pasa nada. Como la mayoría de mis deseos son absolutamente contradictorios entre sí, tengo la seguridad de que si uno de ellos se empeña en tirarme por un precipicio, otro habrá que me ponga debajo una red. Tengo días en los que me gustaría escribir docenas de relatos maravillosos, ¿no?, pues no hay que asustarse, porque tengo otros en los que pienso que ya escribí demasiadas tonterías y que lo mejor es dedicarse a releer los diecisiete cuentos de Rulfo.


Hablas también de la envidia (de un pariente poeta), ¿has encontrado mucha envidia en el mundillo literario?


No me gusta la envidia. Me produce arcadas. Las envidias del mundillo literario son envidiíllas, porque crecen en eso, en un mundillo, en un ámbito que se sirve de un diminutivo para nombrarse y ser. Son pues envidias veniales, tontorronas, bastante ridículas, eso sí. La peor envidia es la que prospera en el mundo sin “illo”, en el mundo a secas, en el que habitan personas y no simplezas y majaderías del ego. En los mundos laborales en los que tuve que desenvolverme hasta hace bien poco es donde conocí y padecí la peor de todas, la envidia que nace de la mediocridad personal más absoluta. De esa hay que huir como de la peste, amigo mío.


Otro tema del que hablas es la felicidad. ¿Puedes escribir bajo cualquier estado de ánimo? Porque parece más fácil desahogarse con la escritura cuando uno está enfadado, triste… Como dice Sáez de Ibarra, es como si la felicidad estuviera exilada de la literatura, como el humor en cierta manera, ¿no?


Sí, es cierto, parece que está vetado escribir de la felicidad, sobre la felicidad, pero ahí lo conté: me parece que es posible hacerlo si el autor consigue desviar la atención del lector y hacerle creer que el texto trata de otros asuntos. Y lo mismo sucede con el humor, como tú apuntas. ¿Escribir bajo cualquier estado de ánimo? Cuando estoy bien contento no se me ocurre escribir, prefiero poner un disco y bailar, casi. Fíjate ahora mismo, las respuestas que te estoy dando bajo el influjo de un tremendo dolor de muelas. Si consigo que sonrías, para mí el premio es más grande todavía, porque tú sonríes cuando yo estoy al borde de las lágrimas de tantísimo dolor. Esa es la alegría mayor que me dan mis cuentos, saber que con ellos consigo regalar alegría a algunos lectores, con textos que nacieron a veces del dolor más recóndito. El mérito no es mío, claro, sino del sentido del humor que me tiene poseído.


Siguiendo con Sáez de Ibarra, ¿qué siente uno al ver sus cuentos antologados de una forma tan exquisita como lo ha hecho él con los tuyos?


Una felicidad literaria insólita, como de cuento casi, y un profundo agradecimiento. Este trabajo de Javier es impagable. Convendrás conmigo además en que es verdaderamente raro, difícil, por no decir imposible, que un escritor se detenga en su camino de creador para dedicarse tanto tiempo y con tanto cariño a la obra de un contemporáneo suyo. Es éste un valor añadido más que yo tengo muy presente. Si a todo esto sumamos las ventanas que ha abierto a mis cuentos con su estudio, lo que me ha dejado ver dentro de ellos que yo ignoraba que estuviese allí, bajo las primeras capas de experimentación y de humorismo, su regalo alcanza aspectos personales de terapia y liberación más impagables todavía, que me dejan ya eternamente en deuda con él.



Dices en una entrevista a Miguel Ángel Muñoz que es mejor dejarlo antes de repetirse. ¿Sigues pensando lo mismo? ¿Te refieres a repetición en lo formal, en los temas?


La repetición en los temas no me preocupa porque los temas de verdad interesantes son seis o siete: el amor, los celos, la venganza, la muerte, el poder..., y ya me estoy pasando de contar. Son las formas, las maneras de abordar esos temas, lo que me preocupa. El género cuento tiene siempre el peligro de la repetición sobre su cabeza. Es bien fácil encontrar una fórmula que funciona y repetirla luego hasta la saciedad, como quien hace calceta, tan rica y cómodamente, teniendo ya siempre el éxito asegurado sin necesidad de arriesgar. Mira tú esos seguidores conspicuos de Cheever y Carver, lo bien que traman sus historias pieza a pieza, la brillantez casi testaruda de cada historia separada de las demás, qué mal soportan luego una lectura continuada, el sopor morrocotudo que ofrece enseguida la obra completa, su repetición oceánica, de olas perfectas y todas iguales, caminando sin freno y sin medida hacia la calma chicha total.


También le dices que “esto de ser escritor quita muchísimo tiempo para escribir”. ¿Ahora más que nunca?


Esa respuesta es una ironía, una broma perversa que encierra mucha verdad, lamentablemente. Leí hace poco un comentario parecido, en el sentido inverso, me parece recordar que de Rafael Reig, el autor de ese genial “Manual de literatura para caníbales”, argumentando que escribir quita mucho tiempo para hacer bolos, el negocio que de verdad da dinero al pelotón de las letras en este país. Son bromas, como ves, complementarias, que no hacen daño a nadie y que se ríen del statu quo de la cosa literaria última que nos ha tocado vivir, tan descacharrante ella. Pero ser escritor quita muchísimo tiempo para escribir, sin duda, como me consta que también a nuestro querido Miguel Ángel Muñoz le quita bastante tiempo mantener ese blog prodigioso suyo, “El síndrome Chéjov”, otro de los impagables regalos que ha tenido el género cuento en los últimos años.


¿Has conseguido volverte loco o sigues en el empeño?


Estoy bastante loco, pero siempre se puede conseguir estarlo un poco más. Yo no pierdo la esperanza, desde luego.


Por último, ¿me podrías describir en pocas líneas la Meca que estoy deseando visitar, la librería “Tres rosas amarillas”?


“Tres rosas amarillas” es un milagro, como el milagro de Páginas de Espuma. Una librería y una editorial dedicadas en exclusividad al cuento; esto nos lo cuentan hace diez años y nos hubiéramos tirado todos al suelo muertos de risa. La librería es esa isla famosa por la que nos preguntaban siempre, a la que ya no hay que llevarse las tres cosas de marras porque allí no necesitamos nada. En ella están todos los cuentos, las rosas de Carver-Chéjov, y también la palmera que da cobijo al náufrago. La librería –como la editorial, como algunos buenos blogs–, son las personas que la sostienen, María, Antonio y José Luis, su saber hacer, su cariño, su hospitalidad, su insensata y maravillosa generosidad. Si antes de visitar esa meca, como tú la llamas, tienes oportunidad de leer “Zapatos de gamuza azul” y “Pajarito”, los dos cuentos de José Luis Pereira incluidos en la antología “Parábola de los talentos”, de Gens, tu visita alcanzará ya cotas de auténtica emoción. Te lo garantizo.


Raúl Rubio Millares

29 elementos 1  2  3 
Clásicos reencontrados
Ensayo
Fantasía/Ciencia Ficción
Literatura juvenil
Manuales
Novela contemporánea en español
Novela contemporánea extranjera
Noticias
Novela histórica
Relato breve
Novela negra
Promociónate
Poesía
Cara a cara con...(Entrevistas en directo con los autores)
CONVERSACIONES EN DIFERIDO CON...(Entrevistas via email)
Novela romántica
Thriller
Reseña con entrevista
Segundo asalto
Infantil
Comic / Novela gráfica
Julio, 2008
Agosto, 2008
Septiembre, 2008
Octubre, 2008
Noviembre, 2008
Diciembre, 2008
Enero, 2009
Febrero, 2009
Marzo, 2009
Abril, 2009
Mayo, 2009
Junio, 2009
Julio, 2009
Agosto, 2009
Septiembre, 2009
Octubre, 2009
Noviembre, 2009
Diciembre, 2009
Enero, 2010
Febrero, 2010
Marzo, 2010
Abril, 2010
Mayo, 2010
Junio, 2010
Julio, 2010
Agosto, 2010
Septiembre, 2010